Hablemos

Sin pretender entrar hoy, en nuestro primer encuentro, en polémicas, los jóvenes seguimos, por ejemplo, siendo el foco de la generalización y la criminalización de muchos a los que, parece, molestamos.

Por fin. 2020, por fin, llegó a su fin. Se acabó un año que nos deja con la sensación que, la única noticia positiva, es que llegó a su fin. Agotados, después de lo que ha sido el transcurso de un año, más propio de un guión de Stanley Kubrick que, de lo que (creíamos) era la vida, respiramos aliviados.

Así empezaba mi artículo de bienvenida hasta que Filomena apareció para recordarnos lo mucho que aun queda. Ahora, alivio no parece la palabra adecuada para definir lo que, de momento, nos está deparando el 2021. Muchas cosas, parece, seguirán igual en esta nueva normalidad. Una normalidad que, paradójicamente, no sigue la lógica de lo convencional, lo común. Más aún, sabiendo de nuestro deseo de aquello que fue, y hoy ya queda muy lejano.

Aún así, en este último año no todo fue desconcierto, algunas (aunque pocas) certezas han dejado también su huella. Este virus no ha mutado solo, lo ha hecho de la mano con el significado de muchos detalles, a priori insignificantes, que nos daban la vida sin nosotros ser conscientes de ello. Hoy, con nuestra rutinaria vida puesta patas arriba, anhelamos, incluso, hasta el ratito que pasábamos con el amigo (un poco) pesado.

El teletrabajo o la docencia online están a la orden del día, la mascarilla ahora es nuestra mejor amiga y aliada, la distancia social, nuestro nuevo deber. Grandes cambios que contrastan, sin embargo, con varios hechos, importantes en forma y fondo, que no han cambiado, ni se espera que ello suceda. 

Sin pretender entrar hoy, en nuestro primer encuentro, en polémicas, los jóvenes seguimos, por ejemplo, siendo el foco de la generalización y la criminalización de muchos a los que, parece, molestamos. Jugándonos un (nuestro) futuro cada vez más negro, hemos sido los únicos a los que, sin posibilidad de opinar se nos ha encerrado en casa (que por grande que sea, se nos queda pequeña), día sí y día también, cuando ha convenido y alegando las urgencias sanitarias. Urgencias que, por cierto, entendemos (aunque a más de uno le pueda costar concebirlo).

El ocio agoniza y, encima, el deporte ha tenido (muchas) restricciones durante meses. Llevamos once meses (¡once!) bajo la lupa. Tampoco podemos vernos con nuestros amigos, pues la restauración está cerrada cada dos por tres, las restricciones van y vienen y, nuestras interacciones, quedan reducidas a una pantalla que luego, una vez más, se estigmatiza, critica y desprecia sin conocimiento de causa. 

Si alguno, después de todo, se equivoca (como hacen todas y cada una de las personas que pisan este planeta), se nos juzga y sentencia a todos, sin miramientos.

Leí, durante la cuarentena, una conversación de Maria Nadotti, reconocida periodista y escritora italiana, con Ryszard Kapuscinski, famoso periodista y ensayista polaco, en el libro de éste, Los cínicos no sirven para este oficio, en la que decía: 

«Cuando algunos colegas de mi generación hablan de sus enemigos, les pregunto qué edad tienen estos enemigos. Generalmente, son jóvenes. Siempre les aconsejo que se esfuercen por encontrar una forma de comprenderlos, de mediar y de conectar con ellos. […] Quién sigue creyendo que la experiencia acumulada o los éxitos obtenidos tienen que proporcionar, automáticamente, el respeto y la aceptación de los demás, se equivoca de todas todas. En nuestras sociedades, la pirámide del poder ya no se estructura en función de la edad y de los saberes que en otras épocas se adquirían con los años.» 

«Sí nos encontramos frente a una nueva consciencia y a nuevas actitudes que niegan valor y autoridad a la experiencia de los mayores, es necesario que entendamos que esto tiene un sentido y unas razones. […] Los cambios hay que reconocerlos y aceptarlos, si se quiere, en consonancia, ser aceptado. Y para ser aceptado hay que aceptar a los demás, en especial a aquellos que representan las nuevas tendencias…» 


Ryszard Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio.

Le enseñé estas palabras a un buen amigo y me dijo, cito textualmente: “Yo veo a mi madre y me doy cuenta que me queda mucho por aprender. Kapuscinski tiene razón, pero una cosa es escucharnos y la otra que pasemos por encima de ellos”. 

Sabias palabras que resumen, pues, el objetivo con el que renace Pompeunomics, dar voz a esta juventud incomprendida e ignorada que tanto quiere contar, en todos los sentidos. 

El conocimiento que te aportan los años, lo que se conoce como conocimiento por experiencia, sigue teniendo un muy alto valor hoy en día, aunque ya no es tan determinante. En un mundo tan cambiante como el nuestro, la capacidad de adaptación, rápida y sencilla, es crucial. Nuevos fenómenos se abren paso y es imposible saber de todos ellos.

Bajo el manto de un medio de comunicación económico, analizaremos algunos de los hechos relevantes que sucedan del mundo del deporte, la cultura o la política, desde distintos puntos de vista, y sin esconder nuestra propia opinión.

No me gustaría despedirme hoy sin, antes, agradecer a las personas detrás de este proyecto que, como bien evoca la palabra renacer, no nace hoy, su esfuerzo y dedicación para que ahora esto sea una realidad y un sueño para mí.

Desde Bernat Mallén, (co-fundador de Pompeunomics y estudiante de doctorado en economía en la UB) , Gina Giró (abogada en Logitech), Víctor Costa (Director de VIA Empresa) y Gerard Valldeperes (Asesor fiscal en GM TAX CONSULTANCY y, quizá, el mayor valedor de que todo esto sea hoy posible). Gracias.

A vosotros, lectores, espero que apostéis por nosotros, con el fin de aprender, disfrutar y ser participes de algo que, como bien dijo Kapuscinski, es inevitable: que los jóvenes tengamos voz propia.

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