Un viaje gobernado por los refugiados

Por primera vez en muchos años están haciendo obras en la estación de tren de Tabanovce, un pueblo situado en la región de Kumanovo, Macedonia. En él no hay una sola calle asfaltada y la estación está siendo la pionera. Ésta queda a 2 km de la primera casa ocupada, cuyos lúgubres interiores no parecen haber sufrido cambios más allá de los provocados por el tiempo.

La única razón que explica la existencia de este apeadero es que se encuentra a pocos metros de la frontera con Serbia y es ahí donde los comisarios controlan que los papeles de los viajeros estén en regla. El trabajo de estos se ha visto desbordado los últimos meses a causa de las oleadas de personas provenientes de Irak, Irán, Afganistán, Siria y Bangladesh que huyen de las guerras de sus países buscando la libertad, o como lo llaman ellos: “trabajo y dinero”. El gobierno y algunas organizaciones no gubernamentales han instalado una serie de casetas prefabricadas cercanas a la estación con tal de proporcionarles las necesidades básicas. A esto le llaman campo de refugiados.

Yo había llegado a la puerta del “campo de refugiados” la noche del 22 de febrero, a eso de las 21:00, habiendo bordeado la frontera durante horas. Esa noche hacía frío y no había ningún tipo de iluminación más que la de una luna menguante. Había llegado al límite de Macedonia con Serbia acompañado de Mohammad, de Damasco. Esta persona, además de describirme violaciones, la venta de todos sus bienes por un precio irrisorio y el casamiento de su mujer con un turco con tal de que ella y sus hijos tuvieran un lugar donde vivir mientras él iba a Alemania a ganar dinero para poder darles una vida mejor, me señaló que su nombre podía ser escrito de diferentes maneras: Mohamed, Mohammed, Mahmoud, pero que él era Mohammad.  Él entonces dijo que intentaría meterse en un camión para pasar la frontera y me indicó el camino hacia el “campo de refugiados”.

En la puerta del campo había militares, poco entusiasmados por mi llegada y poco hábiles con cualquier idioma que no fuera el macedonio. Se me planteó amablemente que me diera media vuelta. Les contrapuse, mediante gestos nerviosos, la idea de que me dejaran hablar con alguien. Mis gesticulaciones parecían empeorar nuestra relación, más que fortalecerla. Me apuntaban, afortunadamente con el dedo, el camino que me llevaría a la población más cercana. También señalaban en su vertical y en ésta había estrellas y un sol: las de las banderas de la unión europea y la de Macedonia, respectivamente. En ese punto de extraña admiración de los militares hacia el espectáculo que estaba dando, apareció una mujer cuya sonrisa parecía caída del cielo más allá de las ondeantes… fue entonces cuando me di cuenta de que ahí, arriba, había más estrellas de las que había visto, y una luz evocadora de una luna, ahora creciente. Con esa persona pude hablar y me planteó que volviera a la mañana siguiente pues yo carecía de la autorización necesaria para entrar y ella del poder para concedérmela.

Al día siguiente hablé con el subdirector, el señor Bacic. Este me amedrentó a preguntas curiosas, cuyas respuestas no le parecían lo suficientemente válidas. -¿Qué clase de persona viaja desde España a Macedonia para ayudar sin haberse puesto en contacto con alguna ONG?- me preguntaba el hombre. Se me iba a hacer difícil explicarle que solo el viento me sirve de guía.

Finalmente me dejó entrar, por error suyo y horror mío, ya que en la puerta se acumularon unas 100 personas que volvían de Serbia, sedientas y hambrientas. Me limité a darles agua y a conjurarme ante la niña inconsciente que su padre alzaba en sus brazos, pidiendo, a gritos, que le dejasen entrar. Las botellas de agua volaron.

Ya estaba dentro. Me había colado.

La escena interrogativa se repetiría momentos después, en el interior del campamento, cuando “voluntarios” de ciertas ONG’s curioseaban sobre mi llegada. De forma recíproca yo preguntaba sobre su acometido dentro del campamento. Por la manera de responderme parecía que no les gustaba ni mi presencia ni mis ganas de preguntar. Me invitaban a cafés y charlábamos sobre cómo se hacían las cosas ahí. Continuamente les preguntaba si debíamos hacer algo. Ellos contestaban que no me preocupase, pues no había mucho que hacer. Entre tanto me topé con varios medios de comunicación, casi todos de Serbia y Macedonia. Una de las entrevistadoras era una mujer, delgada y guapa, bien vestida y pudiente a colonia cara. Ella estaba entrevistando a una de las pocas personas que hablaba inglés entre aquellas que buscaban “trabajo y dinero”. En busca de un titular, ella le preguntaba frente la cámara sobre temas poco engorrosos para ella, como que adónde se dirijan, de dónde venían, si viajaban con toda su familia….

Ante preguntas tan abismales el hombre no se sintió atacado y contestó con solemnidad que había perdido a una hija y que se dirigía hacia Austria en búsqueda de “dinero y trabajo”. Sirios, iraquíes , iraníes, afganos se amontonaban alrededor de la entrevista ante la opción de obtener información a través de aquella mujer, cuyo acometido era precisamente ese, el de informar al pueblo. Al acabar la entrevista y apagarse la cámara sucedió algo preciosamente preocupante: los papeles de entrevistado y entrevistador se invirtieron siendo ahora ellos los que, desalentados, se lanzaban a preguntas hacia ella sobre sus futuros inciertos. Necesitaban información, no podían perder esa oportunidad.

La situación provocó en la entrevistada miradas huérfanas de los suyos y total confusión. Se vio obligada a balbucear que no sabía nada sobre el tema, que su acometido ahí era el de informar al pueblo macedonio. Incrédulos, los hombres le siguieron interrogando, ahora con preguntas más personales como cuál era la diferencia entre el pueblo macedonio y el afgano.

Había silencio…Pues hay preguntas que tienen una respuesta tan obvia que es difícil articularla.

Hora de comer. Ellos llevaban 16 horas sin alimentarse y se amontonaban sobre los dos 4×4 que traían la comida en bolsas puestas en los asientos de atrás y maletero. Al abrirlos, estas se desbordaron y cayeron sobre el suelo. No estuvieron ahí más de unos segundos ya que mujeres, hombres y niños se apresuraron a recogerlas y llevárselas a su guarida mientras los voluntarios les gritaban: ¡fuera de aquí!, ¡debéis hacer la cola, como todos. Pero claro, ellos no entendían ni querían entender, durante su viaje ya llevaban muchas de esas, colas me refiero.

Organizaciones No Gubernamentales llaman continuamente a filas a los refugiados con tal de darles soporte material en forma de cajas llenas de: ropa, comida, mantas, higiénicos…

Las personas las cogen. Cuantas más cajas lleven los hombres a sus familias, más felicidad generarán. Eso sí, momentánea pues no saben siquiera su contenido. Se da el caso de que muchos miran lo que hay dentro y al dudar de su utilidad lo dejan en el suelo.

Cada 2/3 horas se repite esa escena de una manera casi irónica. Cada vez más gente, más colas, más cajas, más desecho en el suelo…

Aquí lo que las organizaciones les están ofreciendo no son cajas con materiales útiles en el interior, sino colas donde dar una utilidad y un sentido al tiempo que estas personas pasan dentro del campamento. Y de una forma recíprocamente preocupante, los trabajadores y voluntarios no reparten ayuda ni reciben satisfacción personal. Ellos también están dando una utilidad y sentido a las horas que pasan ahí dentro.

Solo unos pocos, los nuevos, nos damos cuenta de ello. Será porque aún no participamos del juego. Será porque una vez entras en tal ecosistema, el tiempo pierde su forma y las personas su tiempo.

Llega la noche y empieza a hacer frío. Las niñas y niños son llamados por sus madres, para irse a dormir. ONG’s les dan el vaso de leche. Nadia, una niña iraquí cuyo sueño era llegar a Alemania y ser bailarina, esa noche decide que, al yo no haber comido nada en todo el día, me quiere dar su vaso de leche. Me lo bebo y le deseo que sueñe con sus bailes, aquellos que le ayudarán a conseguir aquello que desee.

Al otro lado del campo se oye música y me acerco. Mientras el poder de la economía ha provocado el cierre de las fronteras en Europa y el enfrentamiento entre alemanes, austriacos, serbios, macedonios, griegos, turcos…, el poder de la música ha originado la apertura de las tiendas de campaña y la unión entre irakies, iranies, sirios, afganos…

Era una fiesta ya que habían traído tres calefactores. El espacio no excedía de los 400 m^2 y dentro de él dormirían unas 500 personas. No había camas, solamente unos bancos alineados.

Bailé y me senté con ellos a jugar a cartas. No sabía que Afganistán también se juega al guiñote. Ellos se reían de mí cuando decía la palabra –rojo-  y yo les escuchaba cuando me contaban que habían perdido a –varios amigos-.

Muchas palabras y acciones pierden el significado, esos que tan sólidamente hemos construido y por los que nos jugaríamos la vida.
Estas personas se la están jugando y en el transcurso del mismo viaje ellos disuelven situaciones complejas, convirtiéndolas en sencillas, con tal de alcanzar sus sueños.

Ayer, Nadia, apareció en mis sueños. Ella había cumplido el suyo: el de llegar a Alemania y bailar. Supongo que realmente ahora estará de vuelta a Turquía por aquello de los des-acuerdos entre países. Confío que la Fe en su baile le de la fuerza para entender que ese viaje no es más que un aprendizaje…

El director llegó al día siguiente y me echó pues yo seguía sin tener la autorización ni él la intención de concedérmela.

Ahora, a días vista, entiendo que el significado de hacerme fuera no fue mayor que el de pensar que, Nadia, aquella niña que gobernó mi estancia en el campamento, desgraciadamente, queda en manos del director, ese refugiado sentimental.

Javier Morera, estudiante de cuarto curso de Arquitectura y colaborador de Pompeunomics

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *