Tiburones en los tribunales

Un hombre trajeado, un maletín de cuero, un reloj de oro, un potente anillo en el dedo anular de la mano izquierda. Bien peinado, sonrisa perfecta. La típica imagen del abogado, un tiburón de los tribunales, no le tiembla el pulso al dejar a una viuda y a unos niños huérfanos en la calle con tal de que el cliente gane el juicio y se lleve toda la pasta.

Esta es la imagen que se nos viene a la cabeza cuando nos hablan de un abogado. Obviamente nadie admite que ésta sea la realidad pero sí que hay una cierta mala prensa en relación con este gremio. No pocas veces me he encontrado con gente que dice que los abogados solo se mueven por dinero, y que están dispuestos a mentir con tal de ganar el juicio.

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Muchas de estas ideas están muy influenciadas por las películas norteamericanas. No pongo en duda que entre los abogados, como en todas las profesiones, haya sujetos que se muevan únicamente por dinero, sin más límite que la muerte, y que pasan por encima de la ética y las virtudes; pero no todos son así, es más, la mayoría no son así.

Mi intención en este artículo es tratar de explicar porqué un abogado puede defender a un cliente que sabe que es culpable, sin ser malo y además siendo justo.

La primera idea, de la cual salen todas las demás, es que la misión del abogado no es impartir justicia. Para eso se creó la figura del juez. A él, y solo a él, le corresponde determinar quién es el culpable y qué pena se merece en justo castigo por sus culpas. El abogado está al servicio de una de las partes, y por supuesto, será parcial, ya que de hecho forma parte de una de las partes, valga la redundancia. Si mañana saliera en la televisión el presidente de Coca-Cola defendiendo que su bebida es la mejor del mundo, a nadie se le ocurriría acusarle de mentir, y de que solo le importa el dinero. Si una madre dice que su hijo es el más guapo del mundo, a nadie se le ocurriría llamarla mentirosa. El abogado toma partido. Porque a él le paga el cliente, a cambio de ofrecerle un servicio.

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La segunda idea que quería exponer es un poco filosófica, pero de sencilla comprensión. Tenemos claro que la verdad es una, y que en un juicio se examinan unos hechos, que ocurrieron de una determinada manera. A mató a B, utilizando tal arma, en tal sitio, a tal hora. Pero la verdad tiene varias caras, y el abogado, como es lógico, presentará la parte de la verdad que más le interesa a su parte, y sobre todo, recalcará aquello que más le interese. No estará bien que mienta, no estará bien que presente pruebas falsas con el fin de confundir al juez; esto está claro. Pero puede limitarse a recalcar aquellos hechos que favorecen a su cliente. Por ejemplo, puede ser que A matara a B porque se encontraba bajo los efectos del alcohol, o porque sufre algún tipo de enfermedad mental, o incluso quizás lo hizo sin pretenderlo.

Y la tercera idea, y pienso que la más importante, es que todo el mundo tiene derecho a un juicio justo. La misión del abogado es garantizar que se respetan todos los derechos de las personas. De hecho, si un acusado no pudiera costearse un abogado, como dicen en las películas, se le proporcionará uno de oficio, para garantizar que todo el mundo puede disfrutar de un juicio justo. Esa es la principal labor de los abogados.

Los Derechos Humanos consagra el derecho de que todo el mundo disponga de un juicio justo. Por eso, el más cruel de los criminales también tiene derecho a contar con la tutela de un abogado, y esto no conlleva que el abogado vaya a defender esos actos. Los condenará igual que el resto de personas. Simplemente se limitará a garantizar que el proceso sea justo, y que al acusado se le juzgue por los hechos de los que es culpable, y no de otros.

Concluyendo, los abogados son como todo en está vida, los hay buenos, los hay malos, los hay mejores y los hay peores. Ni todos los abogados son tiburones ni todos son los mejores profesionales del mundo. Como en todos lados.

 

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