¿Qué es el problema del pecado original?

Desde los años ochenta, ha sido más que habitual ver cómo los problemas macroeconómicos de países en desarrollo se adueñaban de las portadas de periódicos matutinos occidentales y formaban parte del conjunto de preocupaciones sobre la estabilidad de la economía internacional.

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Algunos países que eran pobres en los setenta han elevado su nivel de vida drásticamente en las últimas décadas, mientras que otros muchos han quedado aún más rezagados de la economía del mundo industrializado. ¿Cómo pueden comprenderse estas experiencias contrapuestas?  Hacerlo, de hecho, resulta clave para extraer lecciones de política que puedan llegar a fomentar  un crecimiento económico de todos los países más homogéneo, liderando así procesos de convergencia estables en el tiempo y una reducción notable en las desigualdades hoy presentes.

Uno de los más grandes acertijos a los que se ha enfrentado la ciencia económica desde tiempos de los mercantilistas, es el de las diferencias de renta entre países, el de saber por qué algunos se enriquecen mientras otros no consiguen avanzar. No es casual, que ya en 1776 Adam Smith firmara su ingreso en la historia del pensamiento económico con la publicación de su gran clásico La Riqueza de las Naciones.

Actualmente, los países en desarrollo difieren vastamente  entre ellos, por lo que resulta difícil enumerar, de manera justa con la realidad, una lista de características que todos compartan.  Países que en los sesenta se parecían en cuanto a su política comercial, política macroeconómica o en el modo de intervenir en la economía, hoy en día tienen más bien poco en común.

Los países del este asiático abandonaron la industrialización para adoptar una estrategia de desarrollo basado en la sustitución de importaciones y orientado hacia la exportación.  Posteriormente, los territorios latinoamericanos apostaron por políticas de reducción de su inflación, por reducir sus barreras comerciales, por un control del sector público sobre la economía y, en numerosas ocasiones, por abrir sus mercados de capitales a las transacciones privadas.

Por lo tanto, parece claro que muchos países han reformado sus economías para intentar parecerse a las estructuras exitosas de las economías avanzadas e industrializadas. Sin embargo, el proceso sigue inacabado en un alto grado y los esfuerzos han tenido distintos niveles de éxito.

Dado que para nuestro análisis resulta imperativo formarse una idea general de cómo son los países en vías de desarrollo, intentaré mencionar, aunque ello resulte peligrosamente arriesgado, unas cuantas características que se ajusten a los rasgos típicos de este tipo de países.

  • Primero, los recursos naturales o los productos agrarios constituyen una proporción importante de las exportaciones (petróleo ruso, madera de Malasia, oro en Sudáfrica, café colombiano, etc).
  • En segundo lugar, los tipos de cambio suelen ser fijos y fuertemente intervenidos por el gobierno. Ello significa, según lo que predice la tan conocida Impossible Trinity o Unholy Trinity, que, o bien no hay autonomía en la política monetaria o que existen restricciones en los movimientos de capitales.

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Las medidas gubernamentales para limitar la flexibilidad de los tipos de cambio reflejan tanto el deseo de controlar la inflación como el miedo a que un tipo flexible sea demasiado volátil, conduciendo a una situación peligrosa en los frágiles y pequeños mercados de divisas de los países en desarrollo.

  • En tercer lugar, existe un historial de elevada inflación. En países en los que el gobierno es incapaz de pagar sólo con impuestos su enorme deuda, a lo que tradicionalmente se ha recurrido es al señoriaje, término acuñado para designar los beneficios en recursos reales que ingresa un Gobierno cuando imprime más moneda y que gasta en bienes y servicios. Esta monetización de la deuda, provoca una devaluación del valor real de la moneda y, ineludiblemente, un aumento de la inflación.
  • Cuarto, suelen abundar las instituciones de crédito débiles. Sin que sea nada excepcional, los bancos prestan fondos que han pedido prestados para financiar proyectos de dudosa rentabilidad. En lugar de los rendimientos previstos, los contactos personales suele ser un criterio decisivo para conceder préstamos. Adicionalmente, el marco legal es débil, por lo que los accionistas tienen dificultades para averiguar cómo se está gastando su dinero o, por otro lado, en caso de bancarrota, es muy complejo determinar la propiedad de los activos.
  • Quinto, fruto de los múltiples intentos para evitar controles gubernamentales, impuestos y la regulación en general, se ha fomentado la práctica corrupta, los sobornos y la extorsión.

Otra característica que resulta crucial para el asunto que nos ocupa y para comprender los problemas macroeconómicos de estos países es que ellos dependen, en gran medida, de las entradas de capitales extranjeros. Los necesitan para ser capaces de financiar su inversión nacional que, a su vez, les permita construir un resistente tejido económico. Cuando los países pobres se endeudan con los extranjeros, esas deudas están, casi siempre, denominadas en una importante divisa extranjera, véase el dólar, el euro, el yen… ¿Por qué?

El motivo es que no se trata de una cuestión de elección. Los prestamistas, conscientes del peligro que representan las habituales y extremas devaluaciones  de los tenedores de su deuda, ponen como condición necesaria que la deuda se devuelva en su propia moneda. Al fin y al cabo, todo se resume en el deseo de salvaguardarse ante la posibilidad de cualquier riesgo de impago o de reducción del valor del préstamo…

Los lectores más rápidos ya os habréis dado cuenta de la desigualdad de condiciones. Los países más ricos, pueden, normalmente, endeudarse en su propia moneda. Nada ni nadie se lo impide. Para éstos, la capacidad de denominar su deuda extranjera en su propia divisa (Gran Bretaña pide libras prestadas, EEUU pide dólares prestados…), al mismo tiempo que tienen activos extranjeros denominados en divisas extranjeras, constituye una ventaja de grandioso valor. El motivo es que ello constituye una especie de seguro internacional. Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor.

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Como Estados Unidos posee carteras de activos denominados en su mayoría en otras divisas, éstas se aprecian automáticamente cuando el dólar se deprecia, por lo tanto su valor en dólares aumenta cuando el dólar se deprecia frente a las divisas extranjeras. Los tenedores de estas carteras salen ganando ya que éstas se han revalorizado. Al mismo tiempo, como los pasivos extranjeros están mayoritariamente denominados en dólares, su valor aumenta realmente poco en comparación. Como conclusión del ejemplo, podría afirmarse que una caída de la demanda mundial de bienes estadounidenses genera una importante transferencia de riqueza de los extranjeros a Estados Unidos, un pago que funciona como un seguro.

Eso, estaréis intuyendo, no ocurre en los pobres países que padecen el pecado original, en los cuales la hipotética caída de la demanda de nuestro ejemplo tendría irremediablemente el efecto contrario. Los países en desarrollo tienden a ser deudores netos en las principales divisas extranjeras, por lo que una depreciación de la moneda nacional provoca una transferencia de riquezas al aumentar el valor nacional de su deuda externa neta, es decir, se incrementa el volumen de deuda a la que éstos deben hacer frente. Es un seguro, pero… ¡¡NEGATIVO!!

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Barry Eichengreen

La expresión de “pecado original” para referirse a esta situación de desventaja permanente en la que se encuentran los países en desarrollo, fue acuñada por los economistas Barry Eichengreen de la Universidad de California y Ricardo Hausmann de Harvard. Ellos la describieron, exactamente, como la incapacidad de los países en desarrollo por endeudarse en su propia moneda.

El pecado original es un problema estructural de los países pobres que viene provocado por las características de los mercados globales de capitales, como por ejemplo el limitado potencial de diversificación adicional que proporciona la divisa de un país pequeño y pobre ante los ojos de los poderosos acreedores ricos que ya tienen a todas las grandes divisas en sus carteras y que prefieren no tomar riesgos en favor de otros.

Aunque algunos economistas creen que el “pecado” no es “original” sino que es consecuencia de un historial de desacertadas políticas económicas, lo que es indudable es que el endeudamiento financiero en los mercados internacionales es más problemático para los países en desarrollo que para los ya desarrollados.

Cuando el acceso a estos mercados constituye una importante vía de entradas financieras, es evidente que la lucha por crecer es, para los países más pobres, una larga travesía en mar revuelto y a contracorriente.

Bibliografía:

“Economic Development” by Michael Todaro and Stephen Smith (11th edition, Pearson Education).

“International Economics: Theory and Policy” by Paul Krugman and Obstfeld (Ninth edition, Pearson Education).

http://elpais.com/diario/2005/10/09/negocio/1128863669_850215.html

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