Mitos y verdades sobre el concepto de eficiencia o de cómo los peces no aman a los economistas

Os voy a revelar algo que me tiene angustiado. Tengo la impresión de que los economistas podemos aprender muchísimo más de las migraciones de los peces que de lo que la propia economía lleva décadas predicando. Los simpáticos animales acuáticos entienden mejor el concepto estrella que justifica buena parte de los cursos académicos. Durante gran parte de nuestra vida universitaria se nos presentan un gran número de modelos (micro y macro básicamente) que aceptan una serie de supuestos que tenemos que dar por sentados. Si alzas la mano e intentas cuestionar alguno de esos supuestos eres ignorado, un tipo raro, un antisistema, idealista o se te trata con recelo e incluso desprecio. De todos estos supuestos el que se lleva la palma es el de la eficiencia (o productividad). Si preguntáramos a un gran puñado de recién graduados con qué palabra identifican más la economía, sería probablemente con ésta. Es más, es uno de los conceptos más usados por los medios de comunicación, políticos e incluso entre amigos.

There’s a clear cause and effect here that is as neat and predictable as a law of physics: as government expands, liberty contracts” [1]

La eficiencia es la gran obsesión de la economía y es la gran justificación para las políticas de libre comercio, desregularización, remilitarización, aumento de la desigualdad y eliminación de los sindicatos altamente veneradas bajo la administración Reagan con el nombre de “Supply-Side Economics”, que supuestamente deberían llevar a la consagración del sueño americano y evitar los demonios del comunismo y especialmente la estanflación y la recesión [2]. En definitiva, justifican que el estado debe intervenir lo mínimo en la libertad individual de los individuos, especialmente en el mercado. Esta idea se hizo fuerte en los 70 tras las dos crisis sucesivas del petróleo aunque una vez espantados los fantasmas de la estanflación, la administración Reagan volvió a la idea del “fine tuning” que encarnaba Walter Heller como asesor de la administración Kennedy y que consistía en la intervención estatal a corto plazo para estimular/detener el crecimiento. Para evitar una política fiscal expansiva de subida de impuestos que no era del agrado de algunos, se incrementó la participación en los mercados de capitales y la deuda empezó a dispararse hasta hoy en día. Incluso los liberales opuestos a las ideas más conservadoras tienden a argumentar que el estado solo debe intervenir ocasionalmente, cuando hay pérdidas de eficiencia generalmente tratadas en forma de externalidades o problemas de bienes públicos. La economía se ha convertido en la nueva religión de los siglos XX y XXI que nos debe guiar inexorablemente hacia un estado redentor de acumulación material donde la eficiencia es la mayor fuente de legitimidad social para convencer a la población de dicho propósito [3]. En el proceso, la desigualdad no ha parado de crecer en un gran número de países en las últimas décadas [4] y de forma significativa en España [5] y la noción de que hay límites al crecimiento ha sido abandonada tras la bajada de precios después de las sucesivas crisis del petróleo en los 70 la falsa idea de crecimiento infinito en un mundo finito aunque hoy sabemos que los motivos de la bajada del precio del petróleo fueron biofísicos y no económicos [2].

Figura 1. Incremento medio del coeficiente de Gini en los países de la OECD 1985-2010.

Figura 2. Incremento del coeficiente de Gini para España 1980

Y a todo esto me pregunto dos cosas. 1) ¿Qué se entiende exactamente por eficiencia? 2) ¿Incrementan realmente la eficiencia las políticas liberalizadoras de libre mercado y por tanto son éstas consistentes con lo que la teoría económica por la que abogan? De aquí en adelante voy a intentar argumentar por qué la eficiencia es un concepto vagamente definido en términos monetarios e inconsistente con las leyes que gobiernan la naturaleza (principalmente con las leyes de la termodinámica) y finalmente cómo no existe evidencia científica de que la eficiencia mejore con una menor intervención del estado y que en lugar de eso, el crecimiento económico tiene su origen en la explotación intensiva de los recursos naturales y la energía que emana de ellos.

Definiendo eficiencia

Para poder comprender bien el concepto de eficiencia hay que compararlo con otros dos conceptos parecidos que pueden llevar a confusión. Me refiero a la eficacia, efectividad y equidad. Eficacia es conseguir el objetivo (el qué), eficiencia (o productividad) hace referencia a cómo se consigue ese objetivo medido por el ratio output/input (el cómo) y efectividad es un término en general vagamente definido y por ende confuso. Tan confuso que en Wikipedia si buscamos efectividad y cambiamos la entrada al inglés nos encontramos con efficacy (eficacia). En general los términos de efectividad y eficacia deberían ser sinónimos puesto que tienen una etimología común [6], salvando contadas excepciones, como por ejemplo en terminología de economía de la salud dónde la eficacia de un fármaco hace referencia al beneficio en % en términos ideales y la efectividad bajo condiciones reales. Por lo que se refiere a la equidad, este es un concepto mucho más discutible ya que está directamente relacionado con el concepto de justicia que en sí misma ha sido también objeto de debate como ejemplifican las visiones contrapuestas de Rawls y Nozick que podríamos asociar a muy groso modo con estados con economías de mercado más redistributivas o menos (Europa vs. USA) [7]. Un ejemplo ayudará a entender mejor los conceptos. Imaginemos que tenemos un mosquito que nos molesta y nos queremos desprender de él. Eficaz o efectivo sería acabar con su vida pues nos molesta (el qué). Eficiente sería matarlo con la zapatilla y enciendo una luz para atraerlo en vez de hacerlo a oscuras y con un lanzamisiles (el cómo) y equitativo sería si consideramos que el mosquito debe morir o no de acuerdo con nuestra idea de justicia.

Más allá de la definición más general, lo particularmente relevante, es cómo la economía define la eficiencia y cómo la justifica. Aquí es donde empiezan los problemas. Básicamente. la economía trata de definir el concepto a partir de la idea de que la sociedad hace un uso óptimo de sus recursos escasos (en términos psicológicos y no biofísicos, es decir, motivado porque el hombre siempre quiere más y no porque existan unos límites biofísicos) para satisfacer sus necesidades [2],[8]. Los economistas tratamos distintos tipos de eficiencia (social, dinámica, productiva…) aunque todas son variaciones que se asemejan a la eficiencia asignativa, la que nos han repetido una y otra vez en la carrera, la eficiencia tal y como la concibe Wildred Pareto y que dio lugar a los dos teoremas fundamentales fundamentalistas del bienestar, en una clara visión irónica.

El primero dice que un resultado económicamente eficiente es aquel en que es imposible mejorar la situación de un individuo sin empeorar la de otro y por tanto que el equilibrio competitivo resultante del intercambio económico (entre un oferente y un demandante) en un mercado perfecto es Pareto eficiente. La consecuencia es que los recursos serán utilizados de la mejor manera a nivel productivo para producir bienes y servicios, y que estos llegarán a quien más los valore vía precios a través del mercado. El primer teorema no dice nada de sobre la distribución, sobre si el resultado es justo o no, para eso tenemos el segundo. En palabras llanas, se trata de que la tarta sea lo más grande posible sin atender a si me la como toda yo o si la comemos a partes iguales entre mi grupo de amigos y de que el pastelero haya hecho la tarta de la mejor manera posible.

El segundo teorema fundamentalista del bienestar afirma que bajo ciertas circunstancias siempre hay un conjunto de precios tales que cualquier resultado Pareto eficiente es un equilibrio competitivo y si redistribuimos las dotaciones iniciales de recursos (en términos monetarios, de poder adquisitivo y no físicos) podemos llegar a cualquiera de los puntos Pareto eficientes. Esta distribución inicial de las dotaciones iniciales de recursos la puede llevar a cabo el Estado mediante intervención pero esta solo será eficiente si no afecta a las decisiones de los agentes sino solo a sus dotaciones de recursos para que de esta manera el precio de equilibrio no se vea afectado. Es decir, es preferible que el estado grave los ingresos de un individuo para transferirlos a otro en vez de directamente ofrecer precios menores a unos consumidores que a otros [9], [10]. En palabras llanas, si el estado me grava y lo utiliza para repartirlo a mi grupo de amigos, ellos podrán comer más tarta si lo prefieren (o gastárselo en un chucho) mientras que yo podré comer menos tarta y el pastelero podrá vender la misma cantidad de tarta al mismo precio que antes de que el estado interviniera.

Ante toda esta excesivamente técnica definición de eficiencia surgen múltiples problemas que podemos resumir en los siguientes puntos:

  1. La mayoría de supuestos que se tienen que dar para que exista eficiencia en sentido de Pareto no se dan. Hablo de los supuestos que todos conocemos de no existencia de barreras de entrada, multitud de compradores y vendedores con información perfecta y sin capacidad de influir en el precio, la maximización del beneficio, la no existencia de incertidumbre ni externalidades, la racionalidad de los agentes y un largo etcétera de factores que raramente han sido verificados empíricamente. Generalmente estos supuestos se rompen simultáneamente de manera que es virtualmente imposible llegar a una solución ceteris paribus (todo lo demás igual). Es decir la idea de que las empresas producirán al coste marginal obteniendo 0 beneficios y reflejado en un precio de mercado donde los compradores satisfacen sus necesidades sin verse perjudicados por el poder de las primeras, es un cuento de hadas y por ahora no hay ninguna evidencia de que esto haya ocurrido jamás. Obviamente y matizando dicha afirmación, se puede tender más o menos a este “mundo ideal” del mercado. Más adelante intentaré demostrar que no hay evidencia que acercándose más a este ideal la eficiencia se incremente.
  2. La definición implica necesariamente que la eficiencia se mida en términos monetarios, de manera que asume implícitamente que se puede poner un precio a todo de forma totalmente subjetiva en la medida en que es útil para cada agente implicado. De esta manera, se niegan los costes objetivos de producción, como por ejemplo la cantidad de trabajo usado en la producción de un bien.
  3. Incluso aceptando que el mercado puede vencer a todos y cada uno de los supuestos y que podemos medir los outputs e inputs perfectamente, no hay un claro consenso sobre cómo medir la eficiencia y en los casos en que se ha llevado a cabo una medición de ésta se ha tendido a hacer una mala interpretación de los resultados. Hay distintas maneras de calcular la eficiencia dependiendo de en qué ámbito de la economía nos encontremos. Algunos ejemplos son el análisis coste-beneficio cuando analizamos políticas públicas, el procedimiento del VAN en economía financiera o la rentabilidad económica y financiera en contabilidad. Todos estos procedimientos son una medida output/input valorados en términos monetarios. Sin embargo y en términos macroeconómicos que son los que tienen repercusión a nivel global, la manera comúnmente aceptada para evaluar si ha habido mejoras o empeoramientos en la eficiencia de un estado consiste en medir la Productividad Total de los Factores. La PFT es el residual no explicado del crecimiento económico, es decir, todo aquello que los factores de producción (básicamente el trabajo y el capital y este último en mayor medida) no pueden explicar sobre el crecimiento del PIB. Generalmente este se ha interpretado como mejora tecnológica, es decir mejoras de la combinación de los inputs que han permitido utilizar los factores productivos de manera más eficiente y compensar cualquier signo de agotamiento de recursos. Cuando el economista Denilson analizó cómo los factores productivos afectan al crecimiento a partir de la función de producción Cobb-Doublas, halló que este residual llegaba al 50![2]. Esto sólo lleva a hacerse otra pregunta. ¿Cuál es el origen de la tecnología, aparece ésta por arte de magia?

La energía como motor de crecimiento

Aquí me detengo porque es donde los economistas no parecemos ser capaces de asumir que nos equivocamos. Estamos ante el clásico problema de un valor proxy. ¿Cuál es el origen de la gran mejora tecnológica y del incremento en el capital que han tenido lugar en los dos últimos siglos? La energía proveniente de los combustibles fósiles. El uso de recursos de gran intensidad energética ha sido el motor de crecimiento de estos dos últimos siglos y fundamentalmente el petróleo ha contribuido a la desarrollada sociedad industrial que se ha construido fundamentalmente desde finales del siglo XIX y no los mercados. La mejora tecnológica y el gran incremento en el capital (maquinaria, infraestructura…) han sido posibles gracias a que hemos sido capaces de extraer grandes cantidades de crudo a bajo coste. Es una idea extremadamente simple, el petróleo está en todo. Lo necesitamos para transportar la comida, para extraer otros recursos energéticos como el carbón o para construir el ordenador delante del cual estoy escribiendo este artículo. El uso de combustibles fósiles baratos ha permitido a Occidente alimentar la idea del sueño americano, la de que es posible que todos tengamos un coche, una segunda residencia y podamos irnos de vacaciones a las Bahamas si trabajamos lo suficientemente duro, no importa cuál sea nuestro origen. Desafortunadamente el sueño americano, como la economía, no entiende la relación entre flujo energético y crecimiento material.

Figura 3. Flujo energético en cada etapa del proceso productivo de la cadena de producción. Fuente: questioneverything.com

La figura 3 es una simplificación de como la energía está implicada en todas las etapas de la actividad económica y de cómo el valor añadido de cada proceso es condición necesaria para alimentar al siguiente [11]. No se requieren conocimientos avanzados de matemáticas, econometría ni estadística. Si aceptamos este gráfico como válido hay que entender también sus implicaciones, que son lo relevante.

Primera ley de la termodinámica: la energía ni se crea ni se destruye, se transforma. La fuente principal de energía se obtiene a partir del sol por medio de la cual las plantas pueden realizar la fotosíntesis y los frágiles ecosistemas pueden escapar el desorden y coexistir en harmonía. La gran cantidad de combustibles fósiles que hemos extraído no puede proveer de una creciente afluencia a una población que crece a pasos gigantes. Pero esto se ha acabado, o está pronto de acabar tal y como predijo Hubber en su teoría del pico del petróleo en los 50 dónde afirma que la producción de petróleo llegará a un máximo y después declinará, lo cual es un factor limitador de crecimiento por motivos energéticos, no monetarios. Hubber predijo que EEUU llegaría al límite en los 70 y no se equivocó. Los economistas hemos tendido a malinterpretar este resultado. Lo realmente relevante aquí no es cuándo llegará el pico de producción sino cuando el petróleo no podrá satisfacer las necesidades de unas economías que aspiran a crecer para escapar la crisis económica. Este “problema” se ve acrecentado por el hecho de que todas las estimaciones predicen un aumento de la población considerable en las próximas décadas.

Segunda ley de la termodinámica: todos los procesos reales que se dan en los ecosistemas producen entropía, es decir, tienden a degradarse en el tiempo, al desorden. La primera ley trata sobre la cantidad, la segunda sobre la calidad [2]. Las implicaciones son brutales. A excepción del contínuo input que nos proporciona la radiación solar necesitamos encontrar nuevos recursos energéticos para mantener esta compleja civilización. Es más, esta pérdida de calidad energética explica el consenso científico acerca de las consecuencias catastróficas que puede llegar a tener el cambio climático en los próximos años y muy a pesar de los esfuerzos de un reducido pero muy influyente grupo de negacionistas, encarnados en gran medida por el republicanismo americano. En cada proceso humano se transforma energía y se generan residuos, que no dejan de ser energía de “mala calidad”, entrópica, poco aprovechable para llevar a cabo actividades y procesos.

Ante todo esto, habrá más de uno que piense; ¿De qué narices me está hablando este pobre desgraciado?. Lo que me han explicado a mí es cómo funcionan los mercados, que es lo relevante en el día a día. Lo vemos en los medios de comunicación, en las calles y en todas partes. El problema es que los mercados no aparecen de la nada y dependen de la cantidad de energía que seamos capaces de aprovechar. Malthus se equivocó cando publicó su Ensayo sobre el principio de la población, hay que reconocerlo. El problema es que Malthus vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX y no entendía el mundo como lo entendemos hoy en día. Es evidente que si la energía no es gratis y si ésta tiende a ser de menor calidad, existen unos límites biofísicos al crecimiento y los incentivos de los precios no nos pueden llevar a conseguir infinitos sustitutos; al menos hasta que no seamos capaces de vencer las dos leyes de la termodinámica (por ejemplo encontrando un agujero negro donde verter toda la contaminación o generando energía Saiyan en forma de ondas vitales como hacía Son Goku en nuestra infancia). Por todo esto es necesario cambiar la concepción del famoso diagrama de intercambio entre empresas y familias para pasar a uno más complejo que sea reflejo de los intercambios reales entre los distintos sistemas ecológicos. La figura 4 propone la mínima representación que debería ser aceptada para ilustrar una economía [2].

Figura 4. Como las economías reales funcionan. Fuente: Energy and The Wealh of Nations. Charles A.S Hall y Kent. A Klitgaard

¿Por qué cuesta tanto de entender esto? ¿Por qué no somos capaces los economistas de entender que nuestras teorías no son consistentes con las leyes de la física, no aceptan los límites más allá de nuestra necesidad psicológica de acumular más y no utilizan el método científico? El ecologista de sistemas y exponente de la Economía Biofísica Charles Hall resume de forma cínica la ingenua visión del grupo con más influencia en el planeta; “I have been trying to talk about this with economists for 25 years and they are not interested in talking to me. And so I have long ago decided that what we need to do is train the young people instead and also to just go around them because I think they are increasingly irrelevant. They are certainly destroying the US economy. A lot of the things we need to know are very simple, but we don’t teach them. “ [12], [13]

Asumámoslo. A la mayoría de gente le gusta auto engañarse. Es mejor vivir feliz pensando que una vez encontremos el mix óptimo de políticas económicas y reestructuremos el país institucionalmente volveremos a crecer y crecer y así seguiremos acumulando riqueza material sin entender que hay límites al crecimiento, que hasta que se demuestre lo contrario no somos libres, que tenemos una mente limitada y por tanto vivimos en un entorno finito. Si en 25 años Hall no ha sido capaz de convencerlos de nada soy un poco escéptico acerca de que algún día vaya a conseguir que algún economista me escuche. Este es un mensaje para nuestra generación; para los que debemos luchar, para los jóvenes. No vale la pena desperdiciar ni un segundo con aquel que no quiere escuchar. No hay más sordo que el que no quiere oír.

La liberalización de las economías no ha aumentado la eficiencia de las economías

Para el que todavía no haya dejado de leer aportaré algunos datos para intentar demostrar cómo la liberalización de muchas economías a partir de los 90 no ha mejorado la eficiencia de forma generalizada, que el crecimiento ha venido del incremento en el uso de recursos de alto contenido energético y que aquellos países que han mejorado su eficiencia lo han hecho en gran medida gracias a la importación (o explotación) de crudo en países exportadores. Gupta y otros están llevando a cabo un estudio sobre esta cuestión. Los resultados no pueden ser más reveladores [14]. La figura 4 muestra cómo parece haber una clara correlación positiva y lineal entre crecimiento económico y energía, indicando que la energía es requerida o por lo menos asociada con incrementos en el PIB para el conjunto de países y que la mejora de cualquiera que fuera la mejora en la eficiencia, vino antes de las políticas liberalizadoras de los 90.

Figura 4. Relación entre el PIB y el consumo energético para 127 países mundiales para 1980, 1995 y 2005

Si medimos la relación PIB per cápita y consumo energético per cápita nos daremos cuenta de que hay países donde se aprecia que el crecimiento ha sido posible gracias a un mayor consumo de recursos (sugiriendo un nulo o escaso incremento de eficiencia energética), que en otros no ha sido así (sugiriendo incremento de le eficiencia) y un número en que la relación es inversa (sugiriendo un deterioro en la eficiencia). La figura 5 da fe de ello. China, Corea del Sur, Japón y Holanda son ejemplos de nula o baja mejora de la eficiencia. En EEUU parece que sí ha habido mejora y en cambio en países exportadores como los Emiratos Árabes, Arabia Saudí o Venezuela se aprecia una clara pérdida de eficiencia (con las excepciones de Irán y especialmente Noruega). La explicación más razonable a todo esto es que los EEUU y otros países han sido capaces de mejorar su eficiencia “extrayendo” energía de otras naciones por ejemplo mediante la deslocalización de parte de la industria o el control militar de los recursos (aceptando que la mejora tecnológica haya podido jugar también su rol, pero de mucha menor importancia). Lo que unos no aprovechan lo aprovechan otros mediante la explotación y la guerra, no por acto por arte de magia de unos mercados altamente competitivos en un mundo global. La conclusión es muy evidente, el crecimiento solamente se puede dar cuando incrementa el ratio.

Recursos energéticos/población [2].

Figuras 5 y 6. Relación en el PIB per cápita y el uso energética para algunos estados del mundo

Si nos centramos en el caso de España, los economistas también hemos tendido a analizar el crecimiento de forma sesgada. Tomemos como ejemplo nuestro libro de texto en segundo de carrera Historia Económica de la España Contemporánea (1789-2009) como referencia. En el último capítulo “Un balance de dos siglos: frenos y estímulos al crecimiento”, los autores nos presentan la contribución de cada factor de producción (capital, trabajo y tierra) y la de la eficiencia (Productividad Total de los Factores o PTF) a partir de los datos de Prados y Rosés [15]. Su conclusión está en plena sintonía con la sesgada idea de eficiencia económica sostenida por muchos economistas y altamente venerada tras el modelo de crecimiento que presentó Sollow en 1956 [16]. España ha crecido básicamente gracias a la mayor contribución del capital y en menor medida de las mejoras de productividad a partir de la mejora en la eficiencia asignativa y la tecnología. Los siguientes gráficos ilustran esta idea. En la figura 7 vemos el gran peso que ha tenido el capital y la PTF (y el menor la tierra y el trabajo) a partir de 1959, coincidiendo con el Plan de Estabilización y un mayor grado de apertura exterior. Los autores ignoran sin embargo que para aumentar el capital y la eficiencia se requiere energía y por tanto quemar grandes cantidades de petróleo.

Figura 7. Fuentes del crecimiento del PIB, 1850-2000 (tasas medias de crecimiento logarítmico en porcentajes)

El doctor en economía ecológica Jesús Ramos-Martín lo plasma perfectamente en la figura 8. España es un país altamente dependiente energéticamente, lo cual tiene consecuencias letales para el crecimiento si aceptamos que la mayor afluencia está correlacionada con el mayor uso energético. Es decir, si España debe crecer en los próximos años, deberá ser capaz de consumir más energía. Parece poco factible que esto se pueda dar dados los altos precios del petróleo de los últimos años. Las consecuencias son demoledoras. O reducimos nuestro consumo energético o debemos estar preparados para un mayor empobrecimiento.

Figura 8. Relación entre el consumo energético y el PIB para España 1970-2008

En mi trabajo de fin de grado, he intentado estudiar de manera teórica y simple el funcionamiento del sector eléctrico en España que se inició en 1997 a partir de las directrices 96/92/CE y 98/30/CE [17]. Las conclusiones son las siguientes:

  1. La política de la UE (y por tanto España) es incongruente pues aboga al mismo tiempo por dos objetivos intrínsecamente contradictorios, la competitividad (precios menores) y la sostenibilidad a largo plazo (precios mayores). No hay evidencia empírica de que la liberalización lleve además a precios menores. Cibinskiene y otros, han analizado en un completo meta análisis el impacto de la liberalización de los mercados eléctricos en el precio de la electricidad y no han encontrado evidencia de que el precio sea menor y mucho menos la causa [18].
  2. La estructura de costes del sector eléctrico en España y su pobre diseño del mercado mayorista o pool han contribuido a un incremento de precios justificado por prácticas oligopolísticas y una política energética que el estado ha basado en una sobreretribución de tanto energía convencionales como de régimen especial sin un claro análisis de las ventajas e inconvenientes energéticos de cada fuente de energía. Las consecuencias son un déficit de tarifa que recae en las generaciones futuras por medio de una deuda que asciende a más de 30.000 millones de €.
  3. España es uno de los países más energéticamente dependientes de la UE.
  4. No se ha llevado a cabo una evaluación convincente sobre qué papel tendrán las energías renovables en el mix energético del país y por consiguiente la opinión pública tiene una opinión absolutamente sesgada de la realidad polarizada en dos puntos de vista. El primero lo sostienen las grandes empresas y en gran parte el gobierno afirmando que las energías renovables han sido sobreretribuidas y eso ha mermado la competitividad del país y otra en que el lobby de las renovables (enganchando a consumidores que han perdido poder adquisitivo) defiende que son una opción superior a las energías convencionales y que garantizan el suministro eléctrico a largo plazo a bajo coste y velando por el medio ambiente.
  5. El exceso de potencia instalada o sobrecapacidad productiva y las pobres interconexiones exteriores contribuyen a una pérdida de la eficiencia energética y por tanto a costes mayores.
  6. Medidas de gestión de la demanda para reducir el consumo energético no han sido introducidas salvo por el nuevo sistema de precios basado en contadores inteligentes, cuyo beneficio se ha puesto en dudad desde su nacimiento [19].

La conclusión por tanto es que España es uno de los países desarrollados con un uso de la energía más ineficiente, inequitativo e insostenible medioambientalmente y que muy probablemente lastrará las generaciones futuras. Las energías renovables son una alternativa muy válida para el futuro pero sólo si aceptamos que no pueden competir con los combustibles fósiles en cuanto a la productividad energética y que dependen de estos (pensemos en cómo se construye la base de una turbina eólica o como se transporta una placa solar hasta su puesta en marcha). La ansiada revolución del hidrógeno está lejos de ser una realidad y la energía hidráulica se ha llevado al límite y la nuclear presenta más inconvenientes que ventajas, especialmente a nivel medioambiental.

Si aceptamos que es poco probable que se encuentre un sustituto al petróleo, es evidente que el futuro del planeta y particularmente de España pasa por aceptar que no hay otra opción que la de aceptar los límites al crecimiento, enfocar la economía no solamente desde una perspectiva social sino fundamentalmente desde una perspectiva natural y que dado que las transiciones energéticas han sido siempre lentas solo existe una salida a largo plazo, reducir el consumo global [20] y decrecer de manera sostenible [21].

Para ello es necesario que todas estas ideas se trasladen al seno del debate público y sean comprendidas. La mayor parte de la población no es consciente del problema o da su propia interpretación de la realidad a partir de una incesante cantidad de mentiras de un mundo que funciona basado en las leyes de la naturaleza pero opera siguiendo los principios de la economía neoclásica. Es evidente que hay otros factores importantes que pueden servir de palanca para ayudar a que este decrecimiento sea percibido como dramático o como una oportunidad como por ejemplo los condicionantes institucionales, culturales o religiosos pero siempre aceptando que vivimos dentro de un gran ecosistema llamado tierra. Afortunadamente no estamos solos. Economistas como Stiglitz o Amartia Sen han expresado su preocupación por los evidentes problemas de la economía aunque su diagnóstico esté lejos de ser acertado. Otros autores como Joseph Tainter, Jared Diamond, Richard Heinberg, John M. Greer o incluso el economista Herman E. Daly aportan respuestas mucho más convincentes y consistentes con la idea de límites al crecimiento, de la importancia de la energía como motor de cualquier proceso y de la imposibilidad de la economía neoclásica para ofrecer una visión convincente del mundo [22]–[26]. En todos ellos existe un denominador común. Un profundo análisis histórico basado en la observación de la realidad.

Se siguen formando millones de economistas en el mundo con ideas que tienen sus cimientos en los siglos XVIII y XIX. Las palabras de Rober M. Sollow en su artículo A Contribution to the Theory of Economic Growth son reveladoras [16].

All theory depends on assumptions which are not quite true. That is what makes it theory. The art of successful theorizing is to make the inevitable simplifying assumptions in much a way that the final results are not very sensitive.

El problema es que los resultados finales no tienen nada que ver con la teoría y violan los principios básicos del mundo físico. La energía no es gratis y la naturaleza lo pone todo en su sitio. Desde que el Club de Roma concluyera en 1972 con la publicación de “The Limits to Growth” que si se siguen las por entonces observadas tendencias (y todavía hoy vigentes) de incremento poblacional, contaminación, producción alimenticia y explotación de recursos contaminación,“en algún momento en los próximos 100 años los límites al crecimiento se alcanzarán y el resultado más probable será un súbito e incontrolable disminución de la población y la capacidad industrial”, no parece que su teoría vaya demasiado alejado de la realidad.

Retomando mi preocupación inicial, me reafirmo en la idea de que la observación del comportamiento de los peces nos explica mucho sobre economía. Este hecho no ha surgido por arte de magia y su nacimiento se haya en el doctorado del mencionado Charles Hall, autor del fantástico “Energy and the Wealth of Nations” junto al historiador económico Kent Klitgaard [27]. En el círculo de charlas Peak Oil Postponed organizado por Global Challenge el pasado Noviembre de 2012 en Estocolmo, Hall hizo una breve síntesis del concepto de EROI, Energy Return on Investment, un indicador de eficiencia energética que relaciona cuanta energía es necesaria invertir para llevar a cabo una determinada actividad, en palabras llanas, es una medida ouput/input en joules o equivalentes. El investigador americano pasó 3 años (1968-70) observando migraciones de peces para estudiar su metabolismo energético y en una de las muchas noche de soledad, sentado en una roca, se le ocurrió este concepto tras observar que por cada caloría que usaba un pez en migrar su descendencia obtenía al menos 4 (25 si se trataba de toda una población). Es decir, el pez tenía una productividad o EROI de 4:1 [28]-[12]. Las implicaciones del concepto EROI requieren en sí mismas un artículo entero y las podéis explorar en mayor profundidad aquí [29] En definitiva, me siento más tentado a creer que los economistas tenemos mucho más que aprender de las migraciones de los peces que de los mercados. Llamadme estúpido, pero lo siento de corazón.

Roger Carles, graduado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y colaborador de Pompeunomics.

REFERENCIAS

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[2] C. A. S. Hall and K. A. Klitgaard, Energy and the Wealth of Nations: Understanding the Biophysical Economy. Springer, 2012, p. 407.
[3] R. H. Nelson, Economics as Religion. Philadelphia: The Pennsylvania State University Press, 2001, p. 405.
[4] OECD, “Crisis Squeezes Income and Puts Pressure on Inequality and Poverty,” 2013.
[5] OECD, “Income Distribution Data Review – Spain,” 2012.
[6] K. Mokate, “Eficacia, Eficiencia, Equidad y Sostenibilidad ¿Qué Queremos Decir?,” 1999.
[7] P. Woodcock, “On Justice,” Youtube, 2011. [Online]. Available: http://www.youtube.com/watch?v=xTzH33cSPCI.
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[12] Ch. A. S. Hall, “Peak Oil Postponed?,” Global Challenge think thank Stockholm, 2012. [Online]. Available: http://www.youtube.com/watch?v=YwdwUStzxww. [Accessed: 07-Jun-2014].
[13] Ch. A. S. Hall and K. Skånberg, “Biophysical Economics – Discussion and Q&A,” in Global Challenge think thank Stockholm, 2012.
[14] A. . Gupta et. al, “Estimating Biophysical Economic Efficiency (in preparariton).”
[15] Al. Carreras and X. Tafunell, Historia Económica de la España Contemporánea (1789-2009), 1st Editio. Barcelona: Crítica, 2010, p. 502.
[16] R. M. Solow, “A Contribution to the Theory of Economic Growth,” Quartely J. Econ., vol. 70, no. 1, pp. 65–94, 1956.
[17] Jefatura del Estado, “Ley 54/1997, de 27 de noviembre, del Sector Eléctrico,” BOE, vol. 285, no. 28–11–1997, pp. 35097–35126, 1997.
[18] A. Cibinskiene, D. Streimikiene, and J. Bruneckiene, “The Review Of Electricity Market Liberalization Impacts On Electricity Prices,” vol. 12, no. 3, pp. 40–60, 2013.
[19] “¿Contadores Inteligentes? Sí… !Pero no asi!,” Plataforma por un Nuevo Modelo Energético, 2014. [Online]. Available: http://www.nuevomodeloenergetico.org/pgs2/index.php/top-news-2/contadores-inteligentes-si-pero-no-asi/.
[20] V. Smil, “El Lento Ascenso de las Renovables,” Investigación Y Ciencia. No75, pp. 92–96, 2014.
[21] F. Schneider, G. Kallis, and J. Martinez-Alier, “Crisis or Opportunity? Economic Degrowth for Social Equity and Ecological Sustainability. Introduction to This Special Issue,” J. Clean. Prod., vol. 18, no. 6, pp. 511–518, Apr. 2010.
[22] J. Diamond, Guns, Germs & Steel, 2013 Ed. New York: W. W. Norton & Company, 1999, p. 496.
[23] J. Tainter, The Collapse of Complex Societies. Cambridge University Press, 1988.
[24] R. Heinberg, The End of Growth: Adapting to Our New Economic Reality. New Society Publishers, 2011, p. 336.
[25] J. M. Greer, The Wealth of Nature: Economics as if Survival Mattered. New Society Publishers, 2011, p. 272.
[26] H. E. Daly, Beyond Growth: The Economics of Sustainable Development. Beacon Press, 1997, p. 264.
[27] R. Carles, “Economía energética (I): ‘Del sueño americano al despertar islandés. ¿Necesitamos un nuevo paradigma para la economía?,’” Pompeunomics, 2014. [Online]. Available: http://www.pompeunomics.com/politica-otros/internacional-politica/economia-energetica-i-del-sueno-americano-al-despertar-islandes-necesitamos-un-nuevo-paradigma-para-la-economia/.
[28] Ch. A. S. Hall, “Migration and Metabolism in a Temperate Stream Ecosystem,” Ecol. Soc. Am., vol. 53, no. 4, pp. 585–604, 1972.
[29] C. a. S. Hall, J. G. Lambert, and S. B. Balogh, “EROI of Different Fuels and the Implications for Society,” Energy Policy, vol. 64, pp. 141–152, Jan. 2014.

 

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