La economía del arte. Capítulo uno.

Esta mañana, de manera sorprendente y sin que sirva de precedente, no me ha convencido el poder escribir sobre la endiablada prima de riesgo, la cual seguirá fluctuando al antojo de los mercados, ni tampoco sobre el rescate que el Ejecutivo se niega a aceptar, cual patriota orgulloso y tozudo. Ni siquiera me ha atraído el poder escribir sobre las buenas noticias que nos llegan, por muy efímeras que parezcan. Sí, ésas que nos anuncian, tímidas, que el paro ha bajado por segundo mes consecutivo.

No obstante, no hay por qué alarmarse, ya que mis ganas de escribir sobre economía se mantienen más vivas que nunca. Pero envueltas en un deseo de probar algo diferente. Es por esto que hoy os ofrezco un artículo que será el primero de una serie que  iré publicando de manera periódica en la que trataremos algo muy peculiar e interesante: la relación entre la economía y el arte.

¿Por qué los museos sólo exponen una pequeña parte de sus tan preciadas obras? ¿Por qué algunos se niegan a venderlas? ¿Debe el Estado subvencionar los actos culturales así como también a los artistas? ¿Arte por el arte o mercado del arte? ¿Cuáles son los clichés sobre el mundo del arte falsamente sostenidos por economistas reacios a su estudio? ¿Es el arte de masas “arte malo“? ¿Cómo se enfoca desde el punto de vista económico el problema de la falsificación artística? A estas preguntas y algunas más trataré de responder, de manera sencilla y divertida, en estos artículos sobre arte y economía que espero que sean de vuestro agrado.

¡Qué dos disciplinas tan maravillosas! A menudo se conciben como campos totalmente heterogéneos que nunca llegan a juntarse. Uno pertenece a los genios, es decir, seres a parte que no razonan como los modelos económicos asumen. No son racionales, sólo impulsivos creadores. Viven fuera de la normalidad y es imposible determinar reglas que rijan su comportamiento. El otro campo, el de la economía, se encuentra dominado por los economistas, con larga fama de escépticos fríos y calculadores. En global, nada más lejos de la realidad.

La verdad es que sí que existe una economía del arte. Y aunque resulte algo novedoso, es real. El arte es valorado por las personas, es decir, les aporta utilidad a aquellos que saben valorarlo y apreciarlo. Además, no hace falta decir que está sometido a restricciones, es un recurso escaso que es demandado y ofrecido. Se paga un precio por ir al teatro, por visitar un museo o para comprar un cuadro o una escultura. Estas cuatro ideas, simples, sencillas y totalmente intuitivas son suficientes para afirmar, sin miedo a equivocarnos, que el arte también está integrado en la ciencia económica. Es más, no se trata simplemente de la relación entre el arte y la cultura, sino que se trata de una parte más de análisis económico del comportamiento humano y que aplica el pensamiento económico a todo ámbito social.

Se trata de un tema, por lo tanto, enormemente extenso. Cantidad de economistas realizan investigaciones teóricas y empíricas sobre la economía del arte. Es curioso saber, que en esta disciplina ocurre lo contrario de lo que parece ser la tónica general, los investigadores dominantes son europeos. No es sorprendente, al fin y al cabo en Europa se ha llevado a cabo desde siempre una actividad artística mucho más variada e intensa.

Muy a menudo, una cantidad nada menospreciable de personas, en un intento de darse un aire más alternativo, afirman que el arte de las masas es un arte pobre. Que el mercado, en definitiva, no es capaz de producir arte de calidad. Esto es una idea tremendamente equivocada. Y vamos a analizar por qué.

 El mercado como institución económica tiene en cuenta todas las preferencias, midiendo su intensidad, y no sólo su cantidad. El mercado mide la disposición a pagar de cada agente. El mercado responde a las necesidades de las personas, también sucede así en el arte. Da respuesta  aquellos agentes muy  expertos y especializados que están dispuestos a pagar sumas enormes de dinero por obras muy específicas. Pero también es capaz de suministrar bienes artísticos para un vasto número de compradores, para la gente corriente.

Para los incrédulos, naturalmente no pasaré por aquí haciendo afirmaciones sin aportar ejemplos sobre los que sujetar mis argumentos. El más evidente es la Flauta Mágica, de Mozart. Nació para ser representada en un teatro popular, en un suburbio vienés. Hoy en día es considerada una de las más grandes óperas jamás compuestas, y se representa en los mejores teatros y auditorios del mundo. Representa una obra exquisita para los oídos más selectos. Por supuesto que el arte popular puede no ser del gusto de uno. Sin embargo yo siempre he sido de la creencia de que no hay arte malo o bueno. Simplemente ojos diferentes que lo observan, y sensibilidades distintas que lo valoran.

Otro ejemplo es el concepto del Pop-Art, muy relacionado con el arte popular. Es un arte que subraya el valor iconográfico de la sociedad del consumo masivo de bienes y servicios. Mitos como Andy Warhol, Peter Max o Red Grooms, crearon obras cuyas ideas centrales eran el consumo, la publicidad o el glamour, las cuales triunfaron por su cercanía con la sociedad corriente y que hoy en día se valoran como piezas únicas que cotizan privilegiadamente en el mercado.

La idea de que el mercado produce arte malo es totalmente insostenible. El mercado, por definición, produce lo que se le demanda. Día a día se identifican ejemplos de individuos que gastan su dinero para disfrutar del arte de buena calidad, de la más alta calidad. El mercado no requiere, implicitamente, un público de grandes masas, sino que acepta todo tipo de demandantes. Si gran parte del arte que se produce es de baja calidad no debe sorprendernos, la mayoría de gente tiene ese gusto y el mercado simplemente lo refleja.

Los factores que influyen en la creación artística y en su comercialización son numerosos y complejos, por lo cual puede parecer que su análisis económico diste mucho del método que se utiliza para analizar el mercado del pan, por ejemplo. Pero no es así. El arte y cultura están sujetos a escasez, ya que muy pocos son capaces de crear algo valioso. Además,  proporcionan utilidad a alguien que los demanda y que muestra sus preferencias respecto a lo que se le ofrece. 

Sin embargo, cabe remarcar las características que hacen del arte y la cultura un bien tan interesante a la hora de ser analizado. Se trata de lo que se define en economía como un bien público. Es decir, como el aire que respiramos o los servicios que las fuerzas armadas proporcionan a los habitantes de un país. Se trata de bienes y servicios que proporcionan efectos externos positivos a todos aquellos que los demandan pero también a la sociedad en general. Produce beneficios que no se agotan, y es difícil excluír a nadie de su disfrute. Pero también se ofrece y demanda a través del libre mercado como un bien privado. Esta dualidad es magnífica y muy tentadora analíticamente hablando.

¿Cuáles son estas externalidades positivas sobre la sociedad?

  • La cultura en general contribuye al desarrollo del pensamiento innovador y profundo de una comunidad.
  • Las personas se benefician de la posibilidad de poder ir a un museo o a un teatro, aunque al final opten por no hacerlo.
  • La cultura contribuye a reforzar el sentimiento de identidad regional o nacional, ayudando así a fortalecer la personalidad propia remarcando el sentimiento de pertenencia a un colectivo.
  • La sociedad se beneficia de que la cultura exista. Por ejemplo, aunque un individuo no tome parte en ninguna actividad cultural por sí mismo, se relacionará con personas que sí lo hacen, y eso sin duda la aportará un efecto positivo.

Por estas razones y muchas más, se afirma que el Estado debe apoyar al sector facilitando recursos económicos a todas las instituciones culturales para promover el desarrollo de actividades que enriquezcan al conjunto de la sociedad. No obstante, esta visión ampliamente sostenida por la opinión pública es incoherente con la también tan extendida idea de que el dinero y el arte van en direcciones opuestas y que el primero daña al segundo.

El artista que llega, toca y se va ya no existe. Resulta melancólico pensarlo pero esa figura se ha desvanecido. Personajes así los ha habido y los habrá siempre, sin embargo es falaz pensar que todos los genios hasta el momento han vivido y creado sólo para sí mismos. Desde Puccini hasta Dalí, con sus excentricidades y sus particulares genialidades, se han mostrado siempre dispuestos a componer para ser escuchados, a pintar para ser contemplados y admirados. Dalí llegó incluso a afirmar que lo único que le importaba era el dinero. Innumerables leyendas del arte han producido joyas pensando en cómo éstas iban a ser valoradas.

En definitiva, entonces, para que se puedan sostener financieramente a sí mismos, los actores, bailarines, pintores, intelectuales y demás artistas deben pasar por todas las esferas sociales y las fuentes de financiación que conforman el “mundo del arte”. Esto es, el rol del artista en el siglo XXI es crear arte, pero también un mercado para su arte. Debe ser así si quiere llegar a la madurez de su vida artística, período que normalmente resulta ser el más agradecido aunque no el más valioso artísticamente hablando. Debe ser así si no quiere morirse de hambre. Y para crear un  mercado, para gustar, no necesariamente se tiene que crear algo de mala calidad o frívolo, sino todo lo contrario.

Los artistas de hoy en día deben estar en sintonía con las fuerzas del mercado, saber navegar en el frenético sector sin fines de lucro pero también siendo capaces de cumplir con una gran cantidad de roles en sus comunidades, asumiendo un compromiso político económico y  social, mientras crean obras de arte duraderas.

En los tiempos que corren predominan las tonalidades grises y los trazos confusos, y se necesitan urgentemente artistas e intelectuales que asuman un papel de líderes que los políticos y clases dirigentes del país hace tiempo que dejaron olvidado.

0 thoughts on “La economía del arte. Capítulo uno.

    1. Si valor refugi vol dir que adquirir obres d’art es considera una inversió molt més segura i intel·ligent que adquirir qualsevol altre tipus d’actiu financer i que actualment els millors bancs i empreses se’n estan adonant i ho estan començant a posar en pràctica.. Sí!
      Si no vol dir això, explica’m i ho investigo, jajaja

  1. Estoy de acuerdo con lo que dice el autor. Pero, en esta primera parte y a mi humilde entender, a su razonamiento le falta una referencia más explícita al “arte como necesidad” a satisfacer, puesto que habla de mercado. Si la oferta expuesta al mercado de productos corrientes tiene algún valor comercial, lo tiene, precisamente, porque satisface alguna necesidad. El ser humano ha producido desde siempre algún tipo manifestación artística, precisamente, para satisfacer su necesidad de contemplar y disfrutar de la belleza. Cuando no la tiene a su disposición, la crea. El ser humano que busca la belleza y no queda satisfecho de la que encuentra en su entorno, si se sabe privado de las cualidades creativas, propias del artista, busca la satisfacción de su necesidad de disfrutar contemplando lo bello, bien en aquellas cosas que la naturaleza le ofrece, dejándolo, en cierta medida, satisfecho o, como alternativa, acude a disfrutar y satisfacerse ante la obra bella que realizó el artista, pagando de forma directa o indirecta el precio vigente por su contemplación o posesión. .

    1. Muchas gracias Mario! Tienes toda la razón, si un mercado existe, sea del tipo que sea, es porque hay gente dispuesta a intercambiar necesidades y a pagar por ellas. Las preferencias son distintas entre los agentes y por ello puede comerciarse con los bienes, en este caso cuadros, obras de teatro, o incluso libros o cd’s.
      Esperamos más comentarios tuyos!

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