La economía del arte. Capítulo dos.

Pensad, por un momento, en las enormes rentabilidades que ofrecen los mercados artísticos. Cuadros como Los Jugadores de Cartas, de Cézanne; Number 5 de Pollock; o Woman III de De Kooning son sólo algunos ejemplos de piezas que han sido vendidas por sumas de dinero con las que muchos no podemos, en estos días que corren,  ni soñar. Los grandes artistas, lejos de la idea bohemia de artista muerto de hambre, han podido  gozar, generalmente, de un buen nivel de vida. Los festivales de arte, por otra parte, son fuentes de grandes ingresos importantes para los organizadores. Las actividades culturales, en definitiva, son un factor que influye considerablemente en la economía. Las artes tienen, sin duda, necesidad de una base económica para florecer.

Hoy me gustaría que nos adentráramos, sin miedo, en el mundo de la economía del arte. Uno de los conceptos más familiares para un economista es el de la utilidad. ¿Qué es esta palabreja? No es nada más complicado que la propiedad por la cual una acción o una cosa adquiere el valor de satisfacer las necesidades humanas. Todo aquello que reporte placer en el sentido de que cubre una demanda, aporta utilidad. Podemos estar hablando de un trozo de pizza cuando nuestro hermano está hambriento después de haber jugado un largo partido de tenis, pero también se puede aplicar a un concierto o a la visita a un museo.

Y es que, efectivamente, un individuo obtiene utilidad del goce, es decir, del consumo de lo que considera que es arte. La medida más sencilla de la fuerza de esta demanda o necesidad es «la disposición mínima a pagar» por el consumo de arte. Se observarán distintas disposiciones a pagar por los diferentes objetos de arte y actividades artísticas. Carecería de sentido, no obstante, atribuir tales medidas a un valor «artístico» intrínseco. Los economistas no se encargan de valorar el arte. No hay “arte bueno” o “arte malo”, o, al menos, eso no es algo que esté en su mano juzgar. Si los individuos desean pagar el doble para ir al cine a ver una determinada película, eso ni significará que sea el doble de buena que otras. Ello dependerá de la valoración personal que haga cada individuo y de las restricciones a las que éste hace frente; como limitaciones de tiempo, presupuesto, o físicas.  Los economistas no hacen, ni deben hacer, juicios normativos.

Normalmente, la utilidad agregada que un bien aporta a los consumidores se refleja de manera clara en su precio. La ley básica de la oferta y la demanda queda, en este plano, perfectamente ejemplificada. Si el precio está por las nubes, será porque mucha gente demanda ese objeto, acción o experiencia. A su vez, si tantos lo desean, será porque aporta una utilidad elevada. Nadie demanda nada que no le reporte utilidad. Sin embargo, los agentes no siempre ejercen la demanda de manera directa. Es por ello muy importante que en el mundo del arte las instituciones tengan un papel sólido. Éstas, serán las encargadas de asignar el presupuesto dedicado a las artes, otorgar premios y reconocimientos, acercarlas al gran público y de subvencionar a organizaciones artísticas o a los propios genios creadores.

Otro aspecto relevante es el cómo y en cuánto el arte está demandado y ofertado. El equilibrio entre la oferta y la demanda determina, en gran medida, la naturaleza del artista desde el punto de vista económico. Aunque, siendo realistas, hoy en día cualquiera puede auto denominarse artista sin más preámbulos, la consideración formal de este término requiere un equilibrio entre oferta y demanda.  Si yo, estudiante de Ciencias Económicas, descubro que soy una fuera de serie cantando en la ducha, puedo decidir llamarme cantante. En mis tiempos libres compongo canciones de melodía más o menos soportable y…. ¡Ya está! Estoy hecha toda una artista de los pies a la cabeza y con suerte algún buen amigo me corroborará esa idea. Sin embargo, si nadie demanda mis servicios y mis horas de trabajo como cantante son ínfimas, conduciendo así a que mis ingresos fruto de mi arte sean escasos… No será viable ni coherente que se me llame artista más allá de la puerta de mi propia casa.

La romántica y tan bohemia tradición que establece una relación inversa entre la calidad del arte y su precio o demanda, debe ser, poco a poco, desmitificada.  Esta creencia es idealista y carece de sentido económico alguno. La realidad demuestra que Van Gogh o Gauguin han sido una notable excepción, que los artistas bien remunerados no tienen por qué ser malos y que artistas altamente reconocidos en el contexto internacional fueron altamente compensados. Beethoven, Wagner, Rubens o Picasso son sólo algunos ejemplos.

Al arte es algo muy presente en una sociedad. Desde las comunidades más primitivas, hasta las avanzadas y las que se autodenominan como cultas, el arte ha estado y estará siempre presente, ya que satisface la necesidad que tiene el hombre de contemplar y experimentar la belleza en armonía. Es por ello de fundamental importancia para la economía, una ciencia social, el estudio profundo de las respuestas que se dan ante un exceso de demanda o un exceso de oferta del arte.

Imaginemos una compañía que presenta una obra en un teatro casi vacío, por citar algún ejemplo.  Una falta de demanda llevará a la compañía de teatro a pérdidas económicas, situación de desequilibrio que no se mantendrá durante mucho tiempo. Hay tres soluciones posibles:

a) La primera es que la compañía de teatro se organice para reducir sus costes; reformulando sus políticas internas de producción y gestión. Por otra parte, dicha compañía puede esforzarse para promover la demanda y aumentarla, quizás haciendo publicidad de su producto. Si esto permite evitar pérdidas, nos encontramos con un ejemplo de arte rentable en el mercado.

b) La compañía cubre gastos poniendo en escena la obra de teatro con financiación externa, financiación privada que normalmente gozará de ventajas fiscales. También es posible que el gobierno cubra estas pérdidas. Qué tipo de arte sobrevive y, por lo tanto, qué cultura, será en este caso el resultado de decisiones políticas. Decisiones que a su vez dependerán de qué partido gobierne, con qué mayoría parlamentaria y de cómo se encuentren de bien organizados los otros grupos de presión, de cuál sea la influencia de los expertos en arte y cuál sea la situación del Presupuesto.

c) La compañía no sobrevivirá. Es decir, «el arte» ciertamente desaparece, pues ya no se representa en público. Eso es, desde el punto de vista económico, lo más ineficiente posible.

No sólo es posible un problema de escasa demanda, sino que a veces se encuentran situaciones de falta de oferta. Es decir, casos en los que existe la demanda de una actividad artística determinada pero no hay oferta que satisfaga esa necesidad latente.
Si esto ocurre, la actividad artística es imposible de medir o valorar, ya que simplemente no ha tenido lugar, no se ha desarrollado. Sin embargo, la pregunta pertinente es por qué las oportunidades de negocio existentes no se han explotado ofreciendo arte al público que lo demanda:

a) Puede ocurrir que la producción del arte no tenga lugar si los costes son mayores que todas las mínimas disposiciones a pagar. Ya fueron comentados en el artículo anterior algunas de las externalidades positivas que nacen en el arte, como son el propio valor de su existencia, el valor que hay en el mero hecho que alguien pueda decidir disfrutar del arte o no hacerlo y el valor del legado. Según la magnitud de estos efectos externos positivos, se podría determinar la conveniencia de una intervención pública para neutralizar el desequilibrio, si ello pudiera resultar en una mejora de Pareto (una mejora de la situación relativa de todos los agentes sin que la de nadie empeore).

b) La actividad artística puede no existir porque se ha prohibido su oferta o porque se le ha puesto trabas. Las restricciones políticas, por ejemplo, no sólo existen en regímenes totalitarios como a veces es común pensar, o en las dictaduras. También se hacen presentes en democracias, sobre todo cuando se trata de materia sexual, entre otros tantos temas que la sociedad es demasiado a menudo reticente a incorporar como algo cotidiano y natural.  ¿Se puede restringir el arte? ¿Hay arte menos apropiado que otro? El arte emana de nuestra naturaleza, y por ello es incoherente restringirlo a un determinado campo, excluyendo de la temática tratable ciertos aspectos inherentes a nuestra condición humana.

c) La oferta no se ajusta a la demanda, a menudo, con el fin de mantener o crear una cola a sabiendas. Es un viejo método para que el consumidor interprete la lista de espera, el bullicio en la entrada, como un signo de buena calidad. Este comportamiento es racional también por parte de los oferentes si se realiza un análisis de los incentivos, que así pueden apropiarse de parte de los beneficios que se deriven de una escasez artificialmente creada: pueden discriminar precios o apropiarse del excedente del consumidor subiendo las tarifas.  No es nada extraño que en muchos teatros, óperas o festivales, los dirigentes o administradores se vean incentivados a promover un mercado negro de venta de entradas para así ver fortalecido su poder y prestigio.

Es muy posible, por tanto, que el Gobierno no realice una intervención pública aunque haya  un gran mercado que lo demande.  Por otra parte, las fuerzas políticas a menudo inducen al Gobierno a apoyar las artes incluso cuando no existen dichos efectos externos. Un simple análisis de incentivos y de las relaciones entre los artistas, los consumidores, las compañías y los gobiernos permite descubrir los factores que determinan la producción de cultura y en qué circunstancias nace el arte económicamente hablando.

Para el próximo artículo dejo reservado el intrigante tema de por qué la mayoría de museos no exponen de forma permanente al público ni la mitad de sus obras (el Museo del Prado, por ejemplo, a menudo no expone ni el 10% de sus tesoros) o el problema de la falsificación artística desde el punto de vista económico. Sin duda que serán temas apasionantes de tratar.

Es ya bien sabido que no puede existir un acuerdo universal en materia de arte, ya que de gustibus non est disputandum. No hay arte malo ni arte bueno, o al menos no debería haberlo. Y, aunque se cediera a aceptar un juicio de valor objetivo, la verdad es que éste cambiaría a lo largo del tiempo. A los que nos interesa la economía del arte, más nos vale centrarnos en aproximarnos al arte con las herramientas que ésta maravillosa ciencia nos proporciona. Y, a los que además también nos apasiona el arte, sólo nos queda cruzar los dedos para que la libertad artística siempre esté garantizada, ya que sólo así se abrirán las puertas a la variedad del mercado y a la explosión del verdadero talento artístico.

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