Impresiones sobre la conducción en India

Aeropuerto Internacional Chhatrapati Shivaji, Bombay, 4am. Tras una larga espera para superar los controles de inmigración, me dirigí con ansia hacia la puerta de salida de la espectacular terminal 2 del Aeropuerto Internacional de Bombay. Allí nos esperaba un taxi que nos trasladaría hasta la ciudad de Pune, a unas tres horas por autopista; pero unos aludes registrados en esa misma vía nos hicieron tomar un desvío por los Western Ghats, una impresionante sierra Patrimonio de la Humanidad que separa la costa oeste india de las regiones interiores. Durante este recorrido, que superó las cinco horas, empecé a entender cuál es la esencia de India: un país hecho a retales de oriente y occidente.

Una conductora de estilo occidentalizado en las calles de Pune (Maharashtra, India). Autor: Jordi Soto Ferrera

Una sucesión aparentemente infinita de camiones, coches, motocicletas, bicicletas y rickshaws se alterna con peatones que deambulan a lado y lado y que, a la primera oportunidad, tratan de cruzar con mayor o menor fortuna. Resulta evidente que en las calles de India no existe más ley que una: el claxon. Éste es el elemento fundamental de la conducción, más que el volante o la caja de cambios. Unos más sobrios, otros ensordecedores… Algunos más típicos de una feria de barrio. Lo importante es tocarlo tanto como necesites, tanto como quieras. Poco refinado, pero muy práctico: quien tiene más prisa es quien tiene la preferencia. Toca la bocina y ábrete paso entre los coches, ya se apartarán o desplazarán a carriles más lentos. Y si no lo consigues, no hay problema: siempre te quedará el arcén.

Utilizo la conducción para tratar de expresar las sensaciones que un occidental experimenta en India. Allí parece reinar una suerte de anarquía planificada que, a duras penas, consigue alcanzar un equilibrio precario. Cuando éste cae, todo parece volver a empezar sin existir siquiera un amago por cambiar el estado de las cosas. Es cierto que India vive permanentemente instalada en la cuerda, como si de un funambulista se tratara, y que las cosas parecen marchar. Pero, ¿realmente funcionan? ¿O es simplemente la inercia la que impulsa a India a funcionar?

Escenas de la conducción en Jaipur (Rajasthan, India). Autor: Jordi Soto Ferrera

Según la Organización Mundial de la Salud en su Informe sobre la situación mundial de la seguridad vial de 2009, los datos proporcionados por el gobierno indio sobre la mortalidad en carretera en el año 2008 fueron de 105,725 víctimas. Esta cifra se incrementa hasta las 196,445 muertes en carretera ese mismo año de acuerdo con las propias estadísticas de la OMS. Ello implica que India perdió un 0.02% de su población en 2008 víctima de accidentes de tráfico. Si extrapolamos estas cifras a España, implicarían la muerte de más de 7,000 personas, frente a las 4,104 que se registraron ese mismo año. Simplemente a modo de comparación, cada año India pierde una población similar a la de Girona o Reus según las cifras oficiales, y a la de Pamplona según la OMS.

Es cierto: un país no puede funcionar así. No existe ninguna agencia de inspección técnica de vehículos, no existe ningún organismo público dedicado a la seguridad vial, no existe ningún tipo de educación vial… Este modelo supone un obvio freno al crecimiento económico indio. Por ello, el gobierno liderado por Narendra Modi ha manifestado recientemente la intención de modificar la regulación del tráfico en India, reduciendo la mortalidad vial en unas 200,000 víctimas durante los próximos 5 años y teniendo como consecuencia un incremento del 4% del Producto Interior Bruto indio (unos 62,000 millones de euros), equivalente a todo el presupuesto anual en educación. Esta intención se articula a través de un proyecto de ley que endurece las sanciones económicas y de privación de libertad a los infractores. Por ejemplo, a partir de ahora acabar con la vida de un niño en accidente de tráfico donde la culpa recaiga en el conductor se sancionará con el equivalente a unos 4,000 euros y no menos de 7 años de prisión, y por conducir en estado de embriaguez se incrementa desde 40 a 200 euros de multa y hasta dos años de cárcel.

El siguiente problema es hacer cumplir estas normas, hecho que recae en unos cuerpos policiales corruptos, anticuados y sin apenas medios para acometer una tarea de tal calibre: asegurar que más de mil millones de personas se atengan a la ley. Según datos gubernamentales, en 2012 había 131 policías por cada 100,000 habitantes en el conjunto de India. Según una agencia del Ministerio del Interior, este ratio debería ser de 176 para asegurar un normal funcionamiento de la autoridad. Lejos quedan estas cifras de los 222 policías por cada 100,000 habitantes que recomienda la Organización de las Naciones Unidas para este propósito. Para poner un ejemplo, en España el ratio se sitúa en 534 policías por cada 100,000 habitantes en 2012, según datos de Eurostat. Un ejemplo que, debo avisar, puede distorsionar la percepción del lector sobre la densidad policial en India, teniendo en cuenta que España es uno de los países con mayor densidad policial de Europa.

Conductor de «rickshaw» junto a un policía en Agra (Uttar Pradesh, India). La policía tiene por costumbre detener y subirse a los «rickshaws» para desplazarse de un punto a otro de la ciudad, sin importar si hay pasajeros. Autor: Jordi Soto Ferrera

Habiendo conocido de primera mano la situación de India, uno no puede decir que allí las cosas funcionen bien. Pero lo que sí sorprende es que marchan. Precariamente, pero marchan. Allí la vida y el tiempo tienen un valor bajo e ínfimo, respectivamente. Es lógico en un país poblado por más de 1,250 millones de almas cuyo único objetivo es sobrevivir, con mayor o menor fortuna, un día más. La situación se ha estabilizado en un óptimo local que permite que India funcione un día más, pero a años luz de algo que se asemeje a un óptimo global que, siendo honestos, nadie ha conseguido alcanzar. Es cierto: un país no puede funcionar durante mucho tiempo de esta forma. Aun así, uno consigue encontrarse cómodo entre el caos y logra formar parte de él con cierta rapidez. Sin duda, el instinto de supervivencia aflora cuando uno lo necesita.

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