Hablar de sexo

Hablar de sexo nos es difícil. A los padres les cuesta explicar a sus hijos lo que la anoche anterior vieron. A estos mismos hijos les costará explicarles que ya no son vírgenes. Los compañeros de clase se sonrojan e intentan cambiar de tema rápidamente. Hablar de sexo con un profesor parece inconcebible. ¿Hay algo malo en el sexo que nos impida conversar sobre él sin bajar la voz? Quizá alguien nos escuchará. A diferencia de la política o el fútbol, pocas son las veces donde encontramos apasionados debates a viva voz sobre qué postura resulta más placentera o qué marca de lubricante da un mejor resultado. Hablar de sexo nos es difícil.

En los noticiarios el sexo suele estar relacionado con la violencia: trata de personas, violaciones, abusos y polémicas por reformas legales. Creo que el Saló Eròtic de Barcelona fue una excepción y recibió un buen trato noticiario, pero ese evento es anual. La concepción positiva del sexo representa un porcentaje ínfimo de las noticias. Hay reportajes sobre la farsa de la homeopatía, pero no sobre la ineficacia de los alargadores de pene; cuando hay un nuevo modelo de iPhone es noticia, una revolución entre los consoladores no. Hay que dejar de estigmatizar el sexo pues es una de nuestras actividades más comunes entre y con nosotros mismos.

En la actualidad hay consciencia del daño que el porno está creando entre los nuevos consumidores, con argumentos como la exposición a un aprendizaje nocivo para la salud sexual. El porno es una industria sumamente dominada por el machismo, donde directoras de cine porno feminista como Erika Lust son la resistencia a este imperio patriarcal. La pornografía no solo es machista, es ficción. La pornografía audiovisual requiere de ángulos que permitan ver claramente que está pasando entre los protagonistas. Erika Lust también peca de ello, es normal, hace películas y en ellas hay que ocupar la pantalla con algo interesante. Pero vamos a usar este argumento para que sirva para plantearnos, sobre todo entre aquellos sexualmente socializados con la pornografía, que estas posturas están creadas para la cámara y no para el placer. Un misionero donde los dos torsos están a un metro del otro y el hombre medio de lado tiene lo mismo de real que Salvar al soldado Ryan a la guerra. Lo que parece, mas se encuentra lejos de serlo. Lo mismo ocurre con los orgasmos y en especial los femeninos. Muchas producciones pornográficas cuentan con gritos de placer exagerados, pero cuando se traslada esa costumbre a la cama real y se termina por fingiendo orgasmos con reincidencia. Si el sexo es algo tan íntimo, ¿por qué lo fingimos?

La educación sexual en España no forma parte del currículo académico obligatorio y sólo una parte muy reducida de los centros educativos dan algunas charlas sobre sexualidad. No se engañen, esta propuesta no se trata de ningún adoctrinamiento hippy para volver en degenerados a los adolescentes de este país. Su finalidad es la información. En la escuela donde estudiaba sí tuvimos esa oportunidad y que se me permita contar mi historia. Había una mujer que impartía unos pocos días por curso sobre sexualidad. Estas empezaron en cuarto de primaria y se alargaron hasta el último curso de la ESO, los años de preadolescencia y adolescencia. Algo muy relevante es que casi todos los años fue la misma persona quien las impartió, cosa que generaba más confianza a la hora de escribir anónimamente las dudas que se pudieran tener y que ella respondería siempre que de dudas se tratara, y no de bromas de los alumnos o temas demasiado explícitos para la edad. Con cada curso los temas se expandían: el tamaño del pene, pechos de tamaño desigual, los celos, la homosexualidad, poner un condón o a quién acudir en caso de haber realizado el coito sin protección. A quién acudir no se limitaba a personas, incluye a instituciones. Ese trabajo no debería ser tan excepcional, es más, estaría bien que padres y profesores de materias curriculares pudieran responder a las preguntas de los alumnos sin miedo o tabú alguno. Pero sobre todo los padres.

Los pequeños crecen y aflora el interés por el sexo. Mayoritariamente se habla en petit comité, y los espacios con grupos de mayor tamaño son dominados por el juego “yo nunca, nunca”. El juego es un buen mecanismo para compartir experiencias, pero, como es obvio, es fácil encontrarle pegas. Aquí voy a tratar la propia mecánica del juego y cómo esta se relaciona negativamente con la aceptación del sexo.

¡Atención! Hay una gran diferencia entre divulgación y aceptación. Este juego tiene unas normas muy simples: uno de los participantes expone algo que nunca haya hecho y los que lo han hecho en algún punto de su vida beben. El juego no está restringido al mundo erótico, pero todo aquél que haya jugado alguna vez reconocerá que siempre termina en el campo sexual. Lo que aquí interesa es la mecánica punitiva que recae sobre aquellos que son más experimentados sexualmente. Estos lógicamente tienden a “perder” más en este juego y, por ende, a beber. Por otro lado, aquellos que tengan a sus espaldas una experiencia menor se sentirán excluidos. La asexualidad y la paciencia también deben formar parte de la conversación. El vínculo entre alcohol y sexo no es lo importante, aunque sin duda este tema daría para otro artículo. Este juego, aunque no se reconozca explícitamente, tiene como finalidad última la represión del placer y, aún más, la estigmatización de los fetiches y las conductas poco habituales. Beber hasta el hastío, hasta no querer o poder más por haber experimentado en el mundo sexual es un síntoma de este tabú aun presente en el campo sexual o sobre el que el sexo recae. Hay multitud de ejemplos en la cultura popular que reflejan estas ideas, las cuales no son únicas, pero hay que difundir.

Todas estas opiniones se pueden resumir con una escela de la película de  Fernando Meirelles y Kátia Lund, Ciudad de Dios (2002), criticada por tener un diálogo obsceno pero que ejemplifica muy bien a qué me he referido anteriormente. Es una conversación entre Vizinha, una mujer de mediana edad y la mujer de Ceará (que es un hombre muy celoso). Aquí va:

Vizinha: ¿Y tu marido, no te lo chupa?

Esposa de Ceará: No.

Vizinha: El mío antes de meterla tiene que darle a la lengua. Pone media hora. ¿Y en el culo, no se la dejas meter?

Esposa de Ceará: No. Eso duele, ¿no?

Vizinha: Duele un poco las primeras veces, pero después es fabuloso. Pero necesitas un plátano.

Esposa de Ceará: ¿Un plátano, para qué?

Vizinha: ¡Ay!, hija mía, no conoces las cosas buenas de la vida. Coges un plátano, lo calientas un poco, te lo metes en el coño mientras él te la mete por detrás. ¿ohm? Tienes la sensación de volar. Dile a tu marido que te lo haga.

Esposa de Ceará: Ni hablar, tu no conoces a mi marido. Es capaz de pegarme

Vizinha: A los hombres les encantan esas guarrerías, díselo.

No recomiendo que se inserten plátano alguno, es antihigiénico, pero sí incito al diálogo abierto y sin complejos sobre el sexo. La sexualidad es bella, artística en palabras del performer Adrán Pino, no la reprimamos.

Ernest Burés, estudiant de Ciències Polítiques i de l’Administració (UPF)

 

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