En el nombre del progreso

Hablar de ciencia ficción es hablar de utopías y distopías, de tecnología y avances científicos, de comodidad, de mejoras en nuestra calidad de vida. Realmente esas son las líneas maestras del espíritu de progreso que hace destacar a nuestra especie por encima de las otras. Pero todos sabemos que el ser humano es especialista en pasarse de rosca en prácticamente todo lo que plantea: es ese el matiz que diferencia la realidad de la ciencia ficción. Nos resulta difícil marcarnos límites pese a que nos perjudique sobrepasarlos, lo que supone un sesgo en la comprensión de nuestro entorno y del porvenir. Esto es lo que se intenta solventar adoptando sistemas que garanticen el control y la estabilidad mediante el reconocimiento de una autoridad. Un sistema paternal –no tiene por qué ser paternalista– que sea capaz de solventar esa miopía y planificar en aras del bien común. Pese al intento, el error humano sigue presente al no ser capaz de actuar maximizando el bienestar general: al fin y al cabo, lo que hace el Estado es potenciar las capacidades humanas al actuar en comunidad y, con ello, potencia también sus deficiencias.

Nueva York es, según muchos, una de las capitales del progreso, pero también ejemplo de excesos. Autor: Jordi Soto Ferrera. Fuente: propia.

 Aprovecho el anterior razonamiento para adentrarnos en el tema central de este artículo. ¿Tenemos un sistema que se preocupe por el bienestar general? Todo parece indicar que no. Ese bienestar pasaría por un reparto equitativo de la riqueza del planeta, por igualdad de oportunidades, por igualdad de derechos… Y, evidentemente, no es algo que veamos con frecuencia. Aun así, me sigue resultando un análisis banal: esa desviación del objetivo del bien común no es un rasgo exclusivo del capitalismo. El sistema, tenga la forma que tenga, es un mero instrumento creado por nosotros mismos, por lo tanto con nuestros vicios y nuestras virtudes. Deberíamos ir aún más lejos. Dejando a un lado el modo en el que nos organizamos, sea cual sea, ¿está la inercia evolucionista del propio ser humano, ese espíritu de progreso que invocábamos antes, alineada con el bien común? Todo indica que tampoco. Veamos por qué. 

El medio elemental del progreso humano es la inversión en ciencia y tecnología. Los logros en estos campos han sido asombrosos, especialmente a partir del siglo XIX, notando sus efectos día a día y en todo momento. A nivel macroeconómico, uno de los más evidentes en cuanto a inversión en tecnología, así como de la mayor parte de actividades intensivas en capital, es la liberación de mano de obra. Si una máquina produce lo mismo que diez empleados consumiendo menos recursos y en menos tiempo, la racionalidad económica que impera –o debiera imperar– en el mundo de la empresa nos lleva a invertir en tecnología en momentos en los que la mano de obra sea excesivamente cara, como es el caso.

En nuestro entorno, los derechos laborales conseguidos a lo largo de los últimos decenios se han traducido en un incremento de los costes laborales unitarios –por trabajador–, haciendo más atractiva la inversión en capital, que solo requiere de costes de mantenimiento. Por ello, en busca de la máxima eficiencia, la liberación de mano de obra –pongamos el caso de España– de la economía registrada desde los años 70, principalmente en la agricultura y la industria, se ha traducido en elevadas tasas de desempleo estructural: aquel que no es cíclico, que permanece durante los sucesivos ciclos económicos. Aun así, sabemos que es ese el camino para acariciar con los dedos la utópica meta del crecimiento ilimitado. Pero también sabemos que evolucionamos a costa de expulsar del mercado a ingentes cantidades de personas que difícilmente podrán ser recolocadas en otras tareas productivas, porque todas siguen la misma premisa de la máxima eficiencia. ¿Qué maximiza en mayor medida nuestro bienestar como sociedad? ¿Crecer ilimitadamente o excluir de sus beneficios a miles, millones de personas?

Población activa excluida del mercado laboral en una entrevista a Mariano Rajoy en 2010. Autor: Alberto Cuéllar. Fuente: El Mundo.

 No es solo un caso limitado a la mano de obra de baja cualificación, también a muchos otros estratos profesionales con mayores niveles de formación, como puede ser la contabilidad. Es un proceso muy costoso de llevar manualmente y sujeto a innumerables errores y a la disparidad de criterios. Suena bien informatizar y automatizar el proceso de gestión diaria de una empresa. Hoy de algún modo ya se hace con programas específicos de contabilidad, pero sin duda llegará el momento en el que dicho proceso requerirá una mínima intervención humana y un aumento de la autonomía del componente informático. El ahorro en recursos humanos a lo largo del planeta será abrumador.

Otro ejemplo dentro del mismo sector lo encontramos en la inversión y la especulación en los distintos mercados que se nos puedan ocurrir: de valores, de divisas, de futuros, de commodities –¡el trigo o el maíz!–, de deuda pública, de deuda corporativa… Las decisiones de inversión especulativa se toman a partir de criterios establecidos de análisis fundamental –contable– y de análisis técnico, consistente en estudiar la evolución histórica del valor y fijar un precio al que comprar y otro al que vender. Esto ya se realiza de forma computarizada, al alcance del lector con una simple búsqueda en Internet. Qué fácil resultaría acabar de redondear el proceso y conferir a un ordenador la capacidad no solo de analizar, sino de actuar en base a la optimización de sus beneficios y tomar decisiones de inversión en un tiempo inasumible para cualquier ser humano.

Las famosas pantallas Bloomberg reflejan la automatización de las finanzas. Autor: Brendan McDermid. Fuente: Reuters.

Quizá hoy ya estemos viviendo el inicio de una etapa posmoderna, posthumana. Quizá sea ese el sino de nuestra especie: nuestro propio sacrificio en aras de un sistema que maximiza nuestro rendimiento, pero no nuestro bienestar. El gran éxito alcanzado por todos los modelos de gestión de lo común a lo largo de la historia ha sido relegar la felicidad a una cuestión puramente individual, íntima, y desplazarla del objetivo a perseguir como sociedad. Incluso hoy parece ridículo que se plantee en las altas instancias políticas la felicidad como objetivo a perseguir, pero ya en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos se puede leer lo siguiente:

«Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad […].» 

La búsqueda de la felicidad era reconocida como uno de los tres derechos fundamentales del hombre y, por tanto, como uno de los objetivos a perseguir y defender por el gobierno de un Estado. Hoy, sin embargo, cualquiera reiría si en España se propusiera una ley con un nombre parecido a «Ley de Promoción de la Felicidad Ciudadana», pese a ser reconocida como un derecho inalienable. Es la imagen clara del sacrificio al que me refería anteriormente. Todo en el nombre del progreso.

 Jordi Soto Ferrera, estudiante de tercero de Economía y Administración y Dirección de Empresas en la Universitat Pompeu Fabra

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