El ‘establishment’ tiembla: Sanders y Trump vuelcan el tablero político en el inicio de las primarias estadounidenses

Pasados los mediáticos dos primeros encuentros de la carrera por llevarse la nominación a las elecciones presidenciales de noviembre, tanto en el bando republicano como en el demócrata podemos empezar a analizar las primeras impresiones que nos han dejado Iowa y New Hampshire.

De lo que no cabe duda es que estamos ante una situación histórica en la política norteamericana. Los meses previos a las primarias han estado cargados de cruces de declaraciones y de revuelos, protagonizados en la mayoría de ocasiones por el magnate de discurso populista Donald Trump. Por el lado demócrata, la sorpresa ha corrido a cargo del senador Bernie Sanders, un reconocido socialdemócrata, lo cual es un soplo de aire fresco respecto a los candidatos demócratas de elecciones anteriores, en su mayoría poco dispuestos a identificarse con muchas de las causas de la izquierda (refiriéndonos a la izquierda económica, la de carácter social ha visto progreso con Obama) y reacios a considerarse ‘socialistas’, un término tabú en un país que pasó por el Temor Rojo, la caza de brujas que buscaba alejar a la población americana de los ideales promovidos por el enemigo soviético que tanto angustiaban a los que tenían capital acumulado en tierras americanas.

El empresario no es en absoluto el candidato favorito dentro de la cúspide estructural del partido republicano, ya que no es un candidato al uso, como podrían ser senadores como Ted Cruz o el ex-gobernador de Florida, Jeb Bush, sino un ‘outsider’, un empresario que decide utilizar su poderío mediático y su estilo popular para atraer a las masas votantes desencantadas. Principalmente las que se identifican con los valores de los conservadores sociales, como la importancia de la religión, el rechazo a los inmigrantes ‘que se llevan los puestos de trabajo de los ciudadanos americanos’ y el miedo a musulmanes ‘potencialmente terroristas’. Estos han sido los mensajes más repetidos en la controversial campaña de Trump. En las primarias de Iowa, fue Ted Cruz el vencedor, con un ligero margen sobre Trump y el protegido dentro del ‘establishment’ republicano, Marco Rubio; sin embargo, el estado de New Hampshire ha dejado un contundente mensaje en la carrera republicana, con Trump venciendo de manera contundente (35%). Una sorpresa ha sido el gran resultado de John Kasich (16%), un candidato que no tuvo apoyo en Iowa, y puede considerarse una sorpresa positiva, teniendo en cuenta que es el candidato con propuestas más sensatas (o menos insensatas, visto el repertorio) dentro del partido republicano. La lucha por la nominación republicana se reduce a cinco candidatos: Trump, el ídolo de masas colerizadas, Ted Cruz, el favorito de los democristianos conservadores, Marco Rubio, el protegido dentro del ‘establishment’ (que le ve como el candidato mejor situado para disputar las generales), Jeb Bush, el insípido hermano e hijo de presidentes con un historial de decisiones más que dudosas, y el ya mencionado Kasich.

Pero hasta aquí el análisis del partido republicano,  un partido que cada vez más, caricaturiza los desfasados valores de la América profunda. En el sistema bipartidista de los EEUU, todo se reduce a una disputa entre el candidato republicano y el demócrata, un sistema que genera muchas dudas y que da lugar a una situación comprometida. Muchos analistas han avisado del problema que será para la población tener que elegir entre dos candidatos que muestran ideas polarizadas, en lugar de entre varias de diferentes corrientes. Podríamos decir que se trata de un sistema que se centra en la gobernabilidad en lugar de en la diversidad de ideologías, que puede tener por ejemplo el parlamento español en este momento.

La candidatura demócrata se presenta apasionante. En verano del año pasado, pocos dudaban de que la exsecretaria de Estado bajo la ‘administración Obama’, Hillary Clinton, sería la nominada demócrata para continuar el legado del actual presidente. Sin embargo, el déficit democrático que se puede achacar al sistema bipartidista tiene un resquicio en el sistema de primarias abiertas, lo cual ha permitido a un candidato rompedor tal que Sanders presentarse como la alternativa a la ex-primera dama. Clinton, avalada por su larga carrera política en puestos cercanos al poder, sus años de primera dama y aliada política junto a su marido Bill Clinton, y por su apoyo entre los poderosos dentro del partido demócrata, se presenta como una candidata de nivel, muy pragmática con la situación actual de los EEUU a nivel de relaciones internacionales, pudiéndose catalogar como la candidata más céntrica en el espectro político de estas primarias. Pero su poderío económico, su alabada trayectoria política y su condición de gobernante burócrata han dejado un espacio para que la popularidad del septuagenario (y de visión más idealista) Sanders crezca entre la población desencantada del país más poderoso del mundo.

Sanders ha logrado un cambio que era necesario en la política norteamericana: ha devuelto la ilusión del voto a la población, promoviendo una democracia participativa que solo puede ser sana, y está llevando el debate hacia donde tiene que estar, un lugar en el ideario político que la oligarquía americana no quiere que cobre importancia, por miedo a que sus beneficios y su poderío se vean recortados. Sanders ha puesto bajo el foco el problema de la desigualdad económica, proponiendo un salario mínimo de quince dólares por hora, proponiendo universidades públicas gratuitas para evitar la catastrófica situación de la gran parte de jóvenes norteamericanos, que deben decidir entre endeudarse hasta las cejas para estudiar, o no cursar estudios superiores. El senador de Vermont ha atacado con dureza al poder establecido, al poder de la empresa en Washington y el ‘lobbying’ que tanto perjudica el carácter de la superficialmente democrática América, superficialmente porque el dinero ha dictado bajo la superficie la política del país durante demasiado tiempo. Ha atizado a la cultura del beneficio y las primas de Wall Street, proponiendo un impuesto sobre la especulación financiera, y clamando contra la vergüenza que es el hecho de que los mayores culpables de la crisis financiera, hayan salido impunes legalmente y relativamente indemnes económicamente, mientras las clases media y obrera sufrían los excesos de unos pocos millonarios llevados por el objetivo de la acumulación de riqueza personal hasta niveles salvajes. Sanders es la figura que necesitaba América para volver a respirarse un aire democrático y de justicia social, y es con esas bazas con las que en Iowa empató con Clinton, y con las que anoche en New Hampshire dio un puñetazo en la mesa, llevándose un 60% de los votos frente al 39% de Hillary. Que estos resultados esperanzadores se prolonguen a lo largo de los 48 estados que aún tienen que votar de aquí a junio, dependerá en gran parte del optimismo que pueda seguir generando entre los partidarios del cambio, sin olvidar el papel clave que tienen en estas lides los medios de comunicación, en los que Clinton lógicamente tiene una ventaja considerable, debido a su mensaje de continuidad y sus lazos con el ‘establishment’ económico del país.

El mes de marzo decidirá, en gran medida, la contienda en ambas carreras por la nominación a las generales de noviembre, ya que será cuando voten la mayoría de estados. Los meses de abril y junio también cuentan con citas importantes en las que podría haber cambios, pero la situación de la carrera estará mucho más definida que a día de hoy, cuando solo dos estados han votado. Veremos qué depara esta lucha por la nominación, pero a más de uno le preocupa la idea de hacer decidir, a una nación tan potente como América, entre dos candidatos tan opuestos ideológicamente como Sanders y Trump; los dos hombres independientes, sin afiliación a los partidos por los que se presentan, que han decidido colarse en la pugna por la presidencia sin que los pesos pesados de sus respectivos partidos les llamaran a filas. Ambos tienen en el descontento social su mayor caldo de cultivo, pero cada uno dando predicamentos y soluciones radicalmente distintas, y sobre todo mediante un tono de discurso totalmente opuesto, uno apostando por poner el punto de mira en inmigrantes sin papeles y musulmanes, y otro poniéndolo en los más poderosos del sistema, los billonarios y las multinacionales. Cada cual que saque sus propias conclusiones. Pero será el pueblo americano quien vote lo que le conviene. Esperemos que la población sepa decidir individualmente y no vote a quien favorezca más los intereses de aquellos que poseen los medios de comunicación… y sus compañeros de clase económica.

Mateo Peyrouzet, estudiante de 1º de Política, Economía y Filosofía en la Universidad de Exeter y colaborador de Pompeunomics

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *