El dulce olor de las alcantarillas

Mientras vitoreamos a los campeones de nuestra época, que tienen el honor de tener su nombre en un índice que hace Forbes con 500 personas, hay gente en sitios remotos como Asia, Latinoamérica o el Raval que existen a pesar del capitalismo. En las cloacas del sistema. Es así. Aún a fuerza de intentarlo no se ha logrado acabar con ellas.

De todos modos, queda esperanza para el Wall Street. Últimamente parece ser que el envite contra dichas cloacas se ha intensificado. La concentración empresarial está logrando máximos históricos, comparables a la de principios del siglo XX. El índice de Gini1 ha ido en aumento generalizado en casi todos los países en las últimas dos décadas. Según Oxfam, la riqueza combinada de los 62 más ricos es igual a la suma de la mitad más pobre de la humanidad. Vienen a ser unos 3700 millones de personas.

Sí, también hay luces en la modernidad. Desde mediados de los 90 se han venido popularizando las ideas de Jeremy Rifkin, un economista de Denver que dice que el capitalismo tiende a su propia autodestrucción. Algunos habrán adelantado que se trata tan sólo de una burda imitación del alemán ese, Marx. Es bastante diferente. Ved, Rifkin es el mayor ensalzador de las virtudes del mercado. Según él, el capitalismo es demoledoramente bueno en producir cada día más barato. Dice que, gracias a la búsqueda de competitividad inherente en el sistema, los costes marginales2 tienden a 0 y a causa de ello, el capitalismo como lo conocemos hoy quedará desmantelado.

Sus argumentos merecen mejor explicación, para la que este artículo no dará espacio3. Pero si hay algo por lo que Rifkin es singular, no es por el valor de sus argumentos, sino por aportar un enfoque radicalmente distinto. En cómo señala que a Dios Mercado le quedan dos telediarios, y de los de Telecinco. Explico y vuelvo a ello.

En la historia reciente sobran pensadores lo bastante lúcidos como para detectar no solo la decrepitud moral del sistema sino también sus contradicciones internas: el capitalismo que venera su eficiencia, ha construido una ciudad con unos pocos miles de habitantes y varios billones de cloacas. Todo un despilfarro.

El problema es algo parecido al que se encontró Platón. Alguien suficientemente viejo se acordará de que expulsó a los poetas de la polis, bajo pretexto de que distorsionaban la verdad e impedían el buen gobierno. Hoy, padecemos algo parecido, y es que la historia tiene eco. Tanto en la política norteamericana como francesa triunfan los rubios teñidos y muy déspotas. Donald Trump o Marine Le Pen son personajes para quien la verdad, no es que carezca de importancia, sino que es de segundo orden. Son excelentes populistas, y eso significa, en el sentido más elemental, proponer soluciones muy sencillas a problemas complejos. Cuando le preguntaron por ello, Julio Anguita4 señaló: “pueblo mío, tú también eres culpable”.

Y no está solo. Hay autores que pecan de ser demasiado buenos. R.H Tawney5, por ejemplo, cuando señala que la economía ha dejado de ser un medio para convertirse en fin, todo ello con la consecuente institucionalización del egoísmo. Luego uno cierra los libros y se va al bar y descubre que la sociedad es mucho más mediocre, y que Juan el camarero, que sirve unos whiskies magníficos, vota a esos rubios con mucho tinte y pocas neuronas. John Steinbeck6 dijo en su momento: “El socialismo nunca caló en Estados Unidos porque los pobres no tienen conciencia de ser proletariado explotado, sino millonarios temporalmente desconcertados”.

No es que hayan faltado personajes con ideas nobles, pero el gran enemigo de la izquierda no ha sido el burgués ni el mercado, sino su amado pueblo. Por ello las propuestas de Rifkin son tan originales. Porque señala que la fuente del cambio no vendrá de las personas (de ideales algo distraídos), sino del desarrollo tecnológico incesante que nos permitirá alcanzar el coste marginal 0.

Cabe remarcar que hay sectores en los que ya ha sucedido. Preguntadle a un empresario del mundo del e-book o la música si duerme bien. También la educación se está acercando a los costes marginales 0 con los massive online courses, y los gigantes de la industria energética empiezan a trastabillar por la revolución de las renovables. Y es sólo el comienzo.

Con Rifkin se soluciona también el problema de la letra pequeña del socialismo. Crisis de escasez, falta de libertad e ineficiencias entre otros…. Como siempre aparecerán otros problemas, de hecho, su pensamiento ha recibido ya muchas críticas. Pero vale la pena conocerle, ni que sea porque los libros de Engels están muy empolvados.

Es casi poético que la avaricia acumulada de varios siglos pueda resolverse con su propia extinción. O lo sería, porque Trump y Le Pen- los poetas modernos- no encajan en el modelo de Rifkin. Es posible que de bajada se encuentran a los de las cloacas, que suben. Que no se preocupen, las alcantarillas cuando afloran empiezan a oler, pero por una vez el hedor puede ser perfume.

Referencias:

Ilustración de Víctor Paré Rakosnik

[1] Índice económico que mide la desigualdad en un país. Le debe el nombre a su creador, el italiano Corrado Gini. Actualmente lo elabora el Banco Mundial y se puede consultar en su web.

[2] El coste de producir una unidad adicional una vez se ha producido la primera unidad.

[3] Para más información: RIFKIN, Jeremy, La sociedad del coste marginal 0, Ed. Paidós, Barcelona, 2014, traducción de Genís Sánchez Barberán.

[4] Político de Córdoba. Fue secretario general del partido comunista español (1988-1998) y diputado (1989-2000).

[5] Sociólogo y economista británico de comienzos del XX. Entre sus obras destacadas figuran La sociedad adquisitiva y Religion and the rise of capitalism.

[6] Escritor norteamericano galardonado con el premio Nobel de literatura en 1962. Su novela más conocida es Las uvas de la ira, con la que también ganó el premio Pullitzer en 1940.

Patrick Stasny, colaborador de Pompeunomics

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