El caso Uber

La gente, suele tener una mayor facilidad para interiorizar conceptos cuando se hace mediante ejemplos o historias. Por eso las fábulas han jugado siempre un papel tan importante en la transmisión de valores.

Hoy, voy a utilizar el ejemplo de Uber para ilustrar el último triunfo de la inventiva e iniciativa humana, fruto de las interacciones del mercado libre, frente a la siempre presente, anticuada y entorpecedora intervención estatal.

Primero de todo: ¿Qué es Uber?

Una app que te permite contratar el servicio de taxistas “privados”. La proliferación de esta aplicación, ha desatado el enfado del lobby taxista. Debemos recordar que el mercado del transporte en coche ha estado, hasta ahora, condicionado y regulado por el Estado. Para poder ser un taxista “oficial” se requiere de una licencia administrativa, que solo el gobierno puede conceder, y por supuesto, es necesario adherirse al código regulativo que se impone de forma centralizada (precios, sistema de operación…)

Muchas economistas son de la opinión de que dicha limitación de la oferta y regulación es necesaria. Creen que la presencia de fallidas de mercado hacen necesaria la intervención.

¿Qué fallidas exactamente?

Asimetría de información, excesivo poder de negación del conductor y “excesiva” competencia son los más nombrados.

Uber solventa en gran medida todos estos problemas.

Asimetría de información.

Se suele creer que sin un sistema de licencias los consumidores de taxis no podrían tener información para tomar buenas decisiones. Por ejemplo, un inocente podría meterse en un taxi y ser víctima de un pésimo servicio, o incluso de un atraco. Supuestamente, las licencias son una garantía de que el servicio será adecuado.

Sin embargo, gracias a Uber, la falta de información es un problema del pasado. La app permite a los usuarios puntuar el servicio que reciben. Es más, Uber solo permite operar bajo su umbral a conductores que mantengan puntuaciones de mínimo 4/5. El estándar es verdaderamente alto.

Y no solo eso, la app también permite que el conductor puntúe a los clientes. ¿Asimetría de información?¿Dónde? Con la creación de esta plataforma, este es un problema del pasado.

¿Aun piensas que un sistema de licencias otorgadas por el Estado son un mejor barómetro para decidir quién debería o no poder llevarte en su coche?¿O quizás haya redundado en una simple forma de limitar la competencia para lucrar al gremio taxista?

Excesivo poder de negociación

También hay quién piensa, que si el Estado no fijase y regulase los precios, los conductores abusarían su posición y podrían cobrar precios desorbitados, porque en un momento dado, pueden ejercer una fuerza monopolística. Si por ejemplo no hay más taxis por la zona, te ves obligado a coger ese. El taxista es el solo oferente en ese momento y por lo tanto actúa como un monopolista.

Pero esto no es lo que pasa con Uber. Para empezar, la misma Uber te indica con exactitud cuántos taxistas hay a tu alrededor. Además, los precios, no los negocia cada taxista, los decide Uber. Es más, Uber maneja los precios según la demanda. Durante picos de demanda, Uber sube sus tarifas para aumentar así la oferta y satisfacer una mayor demanda.

En su sistema de precios, Uber recoge el dinamismo que se requiere para adaptarse a la demanda, además de garantizar la certidumbre al usuario de qué no pagará un precio abusivo.

“Excesiva” oferta.

Finalmente, también se suele oír qué el mercado de taxis, desprovisto de las licencias administrativas, sería demasiado competitivo. Por la facilidad con la que se puede uno dedicar a transportar a gente en su vehículo, el mercado se fragmentaria demasiado y como los beneficios serían muy bajos, se asume de alguna manera que el servicio sería de mala calidad.

Pero ante la solución del gobierno; Limitar la oferta con licencias creando un reducido número de taxistas “profesionales” a tiempo completo, Uber hace lo contrario.

Uber cuenta con un ejército de taxistas “amateurs” que además son muy sensibles a los cambios de precio. No hay razón para pensar que el servicio será inferior consecuencia de esto.

La oferta de taxis puede garantizarse con un mayor número de taxistas trabajando de forma intermitente, según sus propias preferencias y atendiendo a los cambios en el precio.

Una objeción válida.

Dicho todo esto, hay que decir que los taxistas sí que tienen una razón válida para quejarse. Ellos han tenido que pagar una costosa licencia para hacer lo que hacen los conductores de Uber. Obviamente, eso no es justo. Se debe igualar el terreno de juego. Ante esto caben dos alternativas opuestas:

O bien, el gobierno obliga a Uber a adquirir licencias para sus taxistas, o bien, nos deshacemos por completo del sistema de licencias. Resulta obvio, por todo lo que ya he dicho, que la segunda alternativa sería la más beneficiosa para los consumidores. Eso sí, para hacer esto de forma justa,  el Estado debería readquirir las licencias existentes a su precio de mercado.

Algo similar a cuando el gobierno de Gran Bretaña empezó a comprar esclavos para liberarlos, tras ilegalizar la esclavitud.

Si esto no se hace, es porque los intereses de los taxistas y del gobierno están por encima de los del consumidor.

Conclusión

En tiempos difíciles como los que vivimos ahora, los humanos recurrimos a nuestra imaginación e inventiva para hacer nuestras vidas un poquito más fáciles. Frente a las soluciones y mejoras que todos ofrecemos desde el sector privado, el sector público se acoge a un modelo estático y corrupto donde, a través de un pervertido sistema “democrático”, grupos organizados e influentes (lobbies varios o grandes empresas) y gobierno se unen en privativo beneficio.

Las licencias de taxis no son más que un sistema para limitar la oferta y garantizar rentas extraordinarias a los taxistas mientras el Estado se lleva una buena tajada. Son una aberración; como tantas otras intervenciones y regulaciones de las que ni siquiera somos conscientes.

Uber captura la esencia de todas aquellas virtudes que necesitamos para solucionar nuestros problemas; ingenio y espíritu emprendedor. El Estado es la personificación de los males y vicios que nos han llevado hasta aquí; egoísmo y corrupción.

Pero no hace falta que me creáis a mí, descargad la app de Uber y lo veréis vosotros mismos.

 James Foord, estudiante de 3ero de Economía en UPF, miembro de la asociación Students For Liberty y autor de www.21stcenturyeconomics.wordpress.com

 

 

 

 

 

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