Egipto: orden y revolución

La primavera árabe parece haber llegado a su fin. Tres años después de que la revolución hiciera caer al presidente y dictador de Túnez, Ben Ali, con el consiguiente efecto contagio que esto tuvo en países como Libia, Egipto y Siria (y en menor medida en Marruecos), parece que el recorrido de esa revuelta no da mucho más de sí. Los motivos van desde la inacabable y sangrienta guerra en Siria que se ha cobrado alrededor de 150.000 muertos, la anarquía gubernamental en la que Libia se ha instalado y el fracaso del primer gobierno escogido democraticamente en Egipto.

Es el caso de este último, Egipto, el que centra la mayor parte de mi estudio. El país de los faraones es, además de un país demográficamente muy potente, el país clave dentro del mundo de Oriente Próximo. Su cercanía a Gaza, con quién hace frontera en la península del Sinaí, y las repercusiones que esto tiene en la economía de ambos lados, le dan un peso geoestratégico nada menospreciable. Pero, ¿cuáles han sido los cambios más importantes registrados en Egipto desde que estalló la revolución de 2011?, y ¿en qué sentido la economía y el nivel de democracia internas se han visto afectadas?

El debate sobre Egipto se ha centrado hasta el momento en si es preferible un gobierno dictatorial (más amigo de Occidente), con un papel preponderante del Ejército que mantenga la estabilidad económica/política, o por el contrario un gobierno islamista elegido democráticamente que limite la libertad de expresión y culto así como los derechos de las mujeres. Sin embargo, no es este binomio el objeto de mi estudio en esta ocasión.

El modelo productivo de Egipto está basado en gran parte en el sector agrícola, al que se dedican casi el 40 % de los egipcios. Aun así, y aunque la productividad de los terrenos es alta debido a la especialización en productos como el algodón, esto se traduce en poco más del 13% del PIB que produce el país. Con un modelo de sociedad que se aproxima al de un socialismo moderado cuyo objetivo es la justicia social, tiene un sector público sobredimensionado y obsoleto de indudable ineficacia y deficitario que se remonta décadas atrás. Con esto, la dependencia que tiene Egipto de sus socios comerciales principales, EEUU y la UE, es elevada, siendo por ejemplo el segundo país del mundo (después de Israel) que recibe más subvenciones estadounidenses.

Pues bien, desde la revolución del 2011 y la caída de Hosni Mubarak como presidente, a este ineficiente sistema público y a la falta de industrialización en ciertas partes del país, se le suma que dos de sus principales fuentes de ingresos (el turismo y las reservas extranjeras) han caído de forma estrepitosa.

Llegada de Turistas a Egipto

Como vemos en el gráfico, la llegada de turistas al país se desplomó durante la revolución del 2011 y también durante la segunda revuelta que hizo caer el gobierno de Mohammed Morsi en 2013. Si con Mubarak llegaban a Egipto hasta de 1,5 millones en un mes, ahora se encuentra a niveles de 500.000 personas, una tercera parte. Por el lado positivo, se puede argumentar que la capacidad de recuperación del sector turístico cuando hay más estabilidad es alta.

Evolución de las reservas extranjeras

No se puede decir lo mismo de las reservas extranjeras, las cuáles se han reducido también en 2/3 partes pero que permanecen en niveles bajos desde el inicio de la primavera árabe. Además, esto ha sido la principal causa de uno de los problemas más importantes por los que pasa hoy en día el país, junto con el alto déficit público, es decir la devaluación de la libra egipcia por la escasez de entrada de capital extranjero.

Sorprendentemente, los niveles de PIB, PIB p.c. y el de desempleo no se han visto gravemente perjudicados a causa de la revuelta. El PIB sigue creciendo, aunque lo hace a niveles muy menores a los anteriores y el desempleo, que ha subido del 9 % al 13%, era ya un problema antes de la revolución del 2011. Parece, pues, que cuando Egipto sea capaz de recuperar niveles de capital extranjero y su potente sector turístico, el país puede volver a crecer de forma más clara. Aunque limitado, el efecto de la inestabilidad también se puede observar claramente en estos dos indicadores seleccionados, como se ve a continuación.

Evolución de la tasa de desempleo como porcentaje de la población activa

Tasa de evolución del PIB

Más allá del hecho de que todo conflicto armado conlleva, casi por definición, un empeoramiento de la economía, ¿hizo el gobierno islamista de Mohammed Morsi lo que debía hacer para mejorar esta situación? La competencia en materia económica de este gobierno es, por lo menos, discutible.  En primer lugar, durante ese año, redujeron a la mitad las Reservas del Banco Central egipcio para cubrir necesidades básicas; más tarde, fueron incapaces de llegar a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional para que éste diese un crédito a un Egipto hundido, ya que los islamistas (que tenían mayoría parlamentaria) se opusieron a las medidas de privatizaciones, recortes de gasto público y subidas de impuestos que imponía el FMI a cambio del préstamo. Finalmente, no cumplieron con una de las mayores reivindicaciones de sus votantes: un sueldo mínimo y un alza de los salarios, que, debido a la alta inflación, hacía perder poder adquisitivo a los trabajadores. Además, los grandes problemas del antiguo régimen dictatorial no se solucionaron: enormes desigualdades entre ricos y pobres, altos niveles de corrupción y nepotismo por parte de las élites políticas y económicas y una burocracia excesiva e ineficiente que hacía muy complicado poder crear nuevas empresas.

Por otro lado, es cierto que durante el mandato de Morsi, los egipcios pudieron votar libremente en un sistema pluripartidista, y disfrutar de otras ventajas como una menor limitación de navegación y venta por internet. Sus recortes en derechos vinieron en especial en el tema religioso, la ‘’no’’ independencia de la justicia y que el presidente reunía en su figura un poder casi absoluto.

A día de hoy no se puede afirmar que la situación haya mejorado desde la deposición del presidente islamista en julio de 2013, un nuevo golpe de Estado por parte de las fuerzas armadas. Un golpe de Estado que, por cierto, disfrutó del beneplácito de Occidente y que tuvo como uno de los hombres fuertes a el-Baradei, Premio Nobel de la Paz en 2005. La ilusión de un Egipto más libre y democrático duró poco, y tras la dimisión de el-Baradei, ha sido el Ejército, con el general Fatah al-Sisi al frente, quien ha llevado las riendas, reprimiendo cualquier tipo de manifestación anti-gubernamental y decretando la ilegalización de los Hermanos Musulmanes (partido de Morsi).

Aún así, en mi opinión, no creo que la incompetencia de un año de gobierno islamista haga que la sociedad egipcia se acomode en otra dictadura, y el futuro es más incierto que nunca. Los grandes cambios en el bloque árabe vienen de lejos, de su voluntad de islamizar la modernización (en contraposición a modernizar el mundo islámico que pretendemos desde Occidente) y pasa evidentemente por cambios endógenos, no impuestos desde intereses foráneos.  Porque,  como dijo Khader en 1992, “Occidente repugna al mismo tiempo que atrae: Repugna porque está seguro de sí mismo y dominador. Pero atrae en razón de la amplitud misma de sus éxitos, sus logros y sus proezas”. Y esto será así, con orden o con revolución.

Gerard Valldeperes Vilanova, estudiante de segundo curso de Administración y Dirección de Empresas en la Universidad Pompeu Fabra y colaborador de Pompeunomics

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