¿DICOTOMÍA EN LA OBRA DE ADAM SMITH? UNA NUEVA PERSPECTIVA

Parece existir un amplio consenso en el mundo académico a la hora de situar a Adam Smith como el padre de la economía como ciencia social, es decir, tal y como la entendemos hoy en día. Su obra insignia, “La Riqueza de las Naciones” es la que eleva a Smith a tan distinguida categoría.  En ella Smith, entre otros postulados, plantea que el egoísmo es la base que rige la acción individual. Es este egoísmo, la búsqueda del beneficio personal, lo que, de forma automática, hace que los mercados se comporten de forma eficiente y que se realicen todos los intercambios beneficiosos para las diferentes partes que los integran. El mercado, de forma automática (por medio de una “mano invisible”) hace que la búsqueda egoísta de la máxima utilidad personal por parte de cada individuo conduzca a un resultado socialmente óptimo. Esta visión queda resumida en la siguiente cita del propio libro: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

Más allá de “La Riqueza de las Naciones”, Smith también escribió la “Teoría de los Sentimientos Morales”, obra previa a “La Riqueza” y que, a pesar que siempre ha estado en un segundo plano, resulta un trabajo muy relevante. En ella Smith describe que las relaciones humanas se basan en el sentimiento de empatía. Esta visión está en la línea de la ética del también filósofo y economista del siglo XVIII David Hume, que destacó que a la hora de realizar juicios morales y decidir qué conductas adoptar el ser humano no solo procura obtener la máxima utilidad individual sino también el bienestar de todos los ciudadanos. Smith en esta obra ya hace mención al egoísmo, pero no le presta demasiada atención.

Así, de entrada, se puede deducir que aquello planteado en la “Teoría de los Sentimientos Morales” entra en contradicción con lo que el propio autor escribiría después en “La Riqueza de las Naciones”, puesto que una obra describe que las relaciones sociales se basan no solo en el egoísmo sino también con la búsqueda del bienestar de los conciudadanos, mientras que en otra subraya la maximización de la utilidad individual como único motor de la acción del ser humano.

Esta contradicción no parece interesar especialmente en el ámbito académico, puesto que Smith no profundizó demasiado en sus postulados. Al ser estos poco concretos, pues, se carece de una base sólida para evaluar si realmente existe esta contradicción aparente o si por lo contrario se pueden tomar ambas posiciones como complementarias, y así tejer una sola y congruente narrativa del pensamiento de Smith. Aunque la idea más extendida es que ambas obras no son compatibles entre ellas y por tanto forman narrativas separadas, mi intención en este ensayo es rebatir esta postura y demostrar que pueden complementarse formar parte de una única narrativa de forma consistente.

Al evaluar la obra del economista escocés más de doscientos años después partimos de una ventaja que puede ser clave para el cometido del presente ensayo. Se puede enfocar el análisis desde diferentes ángulos, pero he elegido tomar como referencia aquellos autores que han dedicado parte de su vida académica al estudio de la cooperación y la acción colectiva. Así, voy a focalizar la atención en las obras de Mancur Olson y Robert Axelrod. La presentación de sus principales postulados me van a permitir establecer paralelismos entre ellos y la obra de Smith y finalmente demostrar que los postulados de La “Teoría de los Sentimientos Morales” y “La Riqueza de las Naciones” que entran en conflicto se pueden matizar para así poder darles cobijo bajo un corpus teórico sólido.

Empezaremos por Olson. En su obra “La Lógica de la Acción Colectiva” afirma que aquello que lleva a los agentes individuales a cooperar es la posibilidad de obtener un beneficio de dicha cooperación. Así, es solo la presencia de una utilidad neta, en el sentido económico del término,  lo que lleva a los individuos a cooperar bajo diseños institucionales colectivos. Olson define este concepto con el nombre de “incentivos selectivos”, sin la presencia de los cuales, por ejemplo, los trabajadores no se organizarán en sindicatos o los empresarios en patronales. Así, el motor para la acción colectiva no es otro que la búsqueda de un beneficio individual, siendo el egoísmo el elemento clave para entenderla. Esta tesis está claramente en la línea de “La Riqueza de las Naciones”, puesto que las relaciones que se dan en el mercado, como la existente entre un carnicero y su cliente, no son sino los ejemplos más simples de cooperación: como bien apunta Smith en su obra, el egoísmo, la posibilidad de obtener un beneficio por parte de los interesados es lo que lleva, dado un precio concreto, al carnicero a ofrecer una carne determinada y a un cliente a adquirirla. Bajo supuestos de información simétrica, a la hora de llevarse a cabo la transacción esta es mutuamente beneficiosa para las dos partes, pero lo que lleva a cada parte a involucrarse en ella es solo la búsqueda de un beneficio individual, bien sea en forma de beneficios empresariales (el oferente) o de excedente del consumidor (el demandante). En caso de información asimétrica, un fallo de mercado, la transición se lleva a cabo si ambas partes creen (aunque no sea verdad) que la transacción les va a resultar beneficiosa. Como vemos Olson está tan en la línea del Adam Smith de La Riqueza de las Naciones que nos permite ver hasta qué punto es influyente la obra de Smith.

Continuemos con Axelrod. En su obra “The Evolution of Cooperation” nos describe el marco teórico del dilema del prisionero, uno de los juegos más populares de la teoría de juegos. Axelrod convocó a un grupo de expertos y les propuso jugar de forma continuada diferentes rondas del dilema del prisionero los unos contra los otros. Cabe recordar que el dilema del prisionero es un juego donde hay dos participantes que no pueden comunicarse entre ellos, como si fueran dos prisioneros que han sido cómplices en un acto criminal y ahora están aislados el uno del otro. Cada uno de los jugadores tiene dos opciones: cooperar (no confesar) o no cooperar (confesar). Si ambos cooperan, es decir, ninguno confiesa, obtienen el mejor resultado posible a nivel de grupo. Como vemos en el cuadro posterior, si ambos decidieran cooperar cumplirían una pena mínima de seis meses, pero este es un resultado que no se va a dar, ya que estamos en un mundo egoísta, como el del Smith de “La Riqueza”, y si una parte cree que la otra va a cooperar su mejor respuesta “egoísta” es no cooperar para así librarse de la cárcel, aunque en este caso el compañero tiene la pena máxima.  Mientras que si un jugador cree que la otra parte va a confesar, su mejor respuesta es también confesar y así ahorrar la pena máxima. De esta forma, el equilibrio del juego se va a situar en el punto donde ambos deciden confesar, o lo que es lo mismo, no cooperar. No hay incentivos selectivos, siguiendo lo que escribió Olson, para que un jugador elija la opción de cooperar. Este resultado, obviamente, no es óptimo, ya que un equilibrio donde ambos cooperan les reporta una pena mucho menor a ambos. Cooperar es el mejor resultado para el juego, teniendo en cuenta ambos jugadores. El mismo resultado se obtendría si ambas partes pudieran comunicarse pero no confiaran entre ellos.

El dilema del prisionero

Axelrod, como he escrito antes, hizo jugar el juego de forma iterativa, es decir, durante más de un turno o periodo. Algunos jugadores adoptaron la estrategia egoísta, pero esta no resultó ganadora. Axelrod encontró que la mejor estrategia en juegos iterativos era la llamada “tit for tat”. Esta consiste en cooperar en primera instancia, y a partir de allí adaptar tu estrategia a lo que haga el competidor, dejando de cooperar si el otro no ha cooperado, pero volviendo a cooperar si el competidor decide volver a hacerlo. Al ser el juego iterativo esto da “poder” a una de las partes para penalizar la no-cooperación, cosa que explica el por qué la estrategia óptima difiere del modelo estándar. El propio autor explicita que diseñar una estrategia maximizando solo la utilidad o el resultado individual no es una buena elección, tal y como los resultados de su experimento muestran.

Esto nos presenta un esquema muy distinto al visto hasta ahora. Cuando el juego se juega en distintos periodos el óptimo es que ambas partes decidan cooperar. Uno podría pensar que esta es una decisión egoísta, pensada en ganar la contienda, pero ex ante ningún jugador sabía con certeza cual era la estrategia óptima para obtener el mejor resultado. Sin saber qué haría la otra parte, la elección de entrada de la opción ganadora es la de cooperar, aún a riesgo de obtener la pena máxima en el primer turno.

A partir de este punto podemos dibujar dos ámbitos: el mercado, donde las relaciones son anónimas y las relaciones humanas. El primer ámbito se corresponde al esquema de “La Riqueza de las Naciones” y el pensamiento de Olson: el egoísmo es lo que mueve a los agentes y solo van a cooperar en caso que dicha cooperación implique la maximización de su utilidad individual. Esta motivación extrínseca no existe en el dilema del prisionero estándar, por lo cual el equilibrio del juego es que ambas partes no cooperen.

Por otro lado, el ámbito de las relaciones humanas, como la familia, presenta un esquema dinámico, iterativo, como el del juego del dilema del prisionero de Axelrod. En este tipo de relaciones si se actúa de forma egoísta recibes una penalización, con lo cual el mejor equilibrio de largo plazo es aquel donde las partes implicadas cooperan, dejando de un lado si en un momento algún periodo previo alguna parte había decidido ser egoísta y no cooperar. Los individuos que obtienen unas relaciones humanas más fructíferas, como vemos en el esquema de Axelrod, son aquellos que en una primera instancia no persiguen la maximización de su utilidad individual y que en cambio buscan maximizar la colectiva. Así, existe una motivación intrínseca exante, que no maximiza el beneficio pecuniario. Una motivación que equivale al sentimiento de empatía que describe Smith en la “Teoría de los sentimientos morales”.

Un lector aventajado podría apuntar que considerar las relaciones de mercado anónimas y por lo tanto analizarlas bajo el supuesto que las decisiones en este ámbito solo van a ser egoístas es un tanto simplón. Uno podría pensar en una panadería, a la que se acude con frecuencia diaria. En este caso, a través de la interacción diaria se genera una relación que hace que las transacciones en este caso no sean anónimas. Esto puede despertar un cierto sentimiento de empatía mutua entre ambas partes. Un caso en el que esta se manifiesta puede ser cuando el panadero intenta seleccionar las mejores barras para los clientes más frecuentes. A pesar de ello, en la toma de decisiones importantes y que afecten a los beneficios del oferente, para el panadero siempre va a prevaler el sentimiento egoísta por delante del de empatía.

El resúmen final del análisis previo es que por un lado el egoísmo descrito por Smith en “La Riqueza de las Naciones” se puede matizar en el ámbito de las relaciones mercantiles, siendo el sentimiento que rige todas las acciones en el mercado. Por otro, en el ámbito de las relaciones humanas el sentimiento de empatía es el determinante del éxito. Este apunte podría explicar por qué las personas con más inteligencia emocional, con un mayor grado de empatía, tienen mayores éxitos en sus relaciones personales. Hechas estas matizaciones, queda demostrado que las dos obras más relevantes de Adam Smith pueden interpretarse como complementarias, y no como contradictorias. Solo hace falta considerar la “Teoría de los Sentimientos Morales” como un tratado sobre las relaciones humanas y “La Riqueza de las Naciones” como un tratado sobre la interacción entre agentes anónimos en un ámbito social concreto como es el mercado.

Josep Bosch Plana – Alumni de la Universitat Pompeu Fabra

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