¡Compartir es vivir! El auge de las economías colaborativas

Desde pequeños siempre se nos dice que tenemos que ser generosos y compartir con los demás, no “ser egoísta”. Sin embargo, a medida que nos hacemos mayores, el mensaje parece diluirse en una sociedad que premia al ambicioso individualista que solo vela por interés propio. Es más, el cambio climático o la existencia de “sweatshops[1]” hacen pensar que la economía de mercado que predomina en un panorama mundial cada vez más globalizado solo busca el máximo beneficio a selectas minorías para producir más cantidad, más barato; como en las fábricas de Apple. No obstante, este modelo no parece explicar el aplastante éxito de empresas como Airbnb, Uber o Bla Bla Car. Estos negocios no se basan en la producción de bienes, sino más bien en compartirlos, éstas son llamadas las economías colaborativa, en inglés “Sharing Economies”, y desde su aparición han supuesto una deconstrucción de los valores establecidos hasta el momento en cuanto a organización empresarial

Muchos ya conocen y utilizan este tipo de servicios, los cuales comparten una función básica en común: facilitar la comunicación entre usuarios para compartir un mismo bien o servicio dentro de una comunidad. Tomando Bla Bla Car como ejemplo, podemos observar como aquí un usuario comunica que va a hacer un viaje en coche (de Barcelona a Valencia, por ejemplo) y tiene dos espacios libres para llevar a alguien consigo si se quiere apuntar por un módico precio. Este servicio comunica y une a gente que necesita una manera de transporte asequible con alguien que hace el mismo trayecto en coche y le sobra espacio. Esta alternativa al transporte convencional no se basa en la codicia ni el beneficio personal, sino en compartir una propiedad privada. Este es uno de muchos ejemplos de firmas que utilizan este tipo de economía colaborativa la cual se puede definir como un mercado híbrido donde se persigue sacar el máximo rendimiento a recursos parcialmente desaprovechados, es una pena que un coche pudiendo llevar a cuatro personas, los conductores prefieran ir solos. Este movimiento ha surgido gracias a la capacidad que tiene Internet de comunicar a personas, y aunque estas empresas empezaron a ganar popularidad en 2010, el origen del término es más bien dudoso y data a los inicios del 2000.

Según estudios llevados por PriceWaterhouseCoopers[2], se prevé que el valor de las economías colaborativas igualará al sector tradicional de alquiler de bienes, de $15 mil millones en 2013 a $335 mil millones en 2025. Y no es de sorprender que, Uber, una empresa de transporte a modo de “taxi”, haya pasado de ser una ambiciosa “Star-up” de San Francisco en 2010 a estar disponible en 350 ciudades en 60 países en tan solo 5 años. De esta manera ha conseguido estar valorada en US$51.000 millones de dólares. Desde entonces la lista ha incrementado con empresas tales como Konnectid TaskRabbit, DogVacay, Liquid y muchas más. Todas se basan en este tipo de Economías, pero ¿que las hace tan exitosas y atractivas para el público de las generaciones más jóvenes o “Millienials”?

1 Infográfico sacado de  PwC (2014),Consumer intelligence series

Todas siguen la misma índole altruista que paradójicamente acaba saliendo rentable. Y a pesar que el éxito es innegable, la base que sustenta este modelo es menos intuitiva, ¿cómo triunfa un sistema que consiste en fiarse de desconocidos? Ciertamente rompe con todas las reglas que una madre le daría a su hijo: desde “no hables con extraños” hasta “no te metas en el coche de alguien a quien no conoces” … De hecho, la visión que solemos tener entre nosotros es bastante pesimista; solo hace falta observar que incluso en los bancos atan los bolígrafos a una cuerda para que sus propios clientes no lo roben.  Sin embargo, Internet ha conseguido cambiar esta tendencia, gracias a su capacidad de otorgar mayor transparencia sin muchos costes, lo que aporta confianza tanto al usufructuario como al propietario.

Aunque de entrada uno pueda ser más reacio o escéptico a la idea de confiar en un extraño, si la primera vez que lo utiliza le sale bien lo más probable será que lo vuelva a utilizar. Además, estas empresas ofrecen un servicio que en las más tradicionales no suele ocurrir, hay un “feedback” mutuo. Es decir, tanto el que utiliza el servicio como el que lo ofrece recibe una puntuación y reseña. Esto supone que los usuarios que se comporten indebidamente reciban malas críticas, y sean excluidos del sistema para ofrecer mayor transparencia y seguridad. Así pues, si miramos la oferta que nos proporcionan este tipo de empresas, podemos observar como quien sale ganando es el consumidor.

Pongamos el ejemplo de Airbnb, el servicio de alquiler de habitaciones y pisos. En primer lugar, es más barato que un hotel/apartotel convencional sin perder comodidad ni calidad; estos precios mucho más competitivos se deben a que los costes de transacción son casi nulos. Esta podría considerarse la ventaja primordial de las economías colaborativa. Ahora bien, su éxito también se debe a su accesibilidad y a su capacidad para abarcar un sector del mercado que no cubren los hoteles tradicionales. Por ejemplo, a un grupo numeroso que busque alojamiento le saldrá más rentable un Airbnb que un hotel. Por consiguiente, este tipo de apartamento suelen estar situados en sitios más alternativos o áreas suburbanas que aportan un plus para viajantes que no quieren estar en los epicentros turístico de la ciudad.

Después de haber inspeccionado como este tipo de economías beneficia al consumidor por así decirlo, se puede ir más al detalle y extrapolar la idea subyacente aplicable en la empresa. Aquí el concepto es más abstracto, puesto que difiere un tanto de la estructura convencional. Uno de los estandartes de esta metodología es Linux, el sistema operativo que se basa en el “open-source”. Su producto pone el énfasis en que el usuario tenga total libertad de acción respecto a la modificación del programa. Por ejemplo, si un empleado de Windows tiene una mejora para el software la idea deberá ser aprobada por un superior, mientras tanto en Linux uno puede individualmente cambiar y compartir el sistema operativo. Así pues, se otorga una libertad a la comunidad que facilita la comunicación entre producto y consumidor donde todos salen ganando.

Es, pues, un tipo de organización inclusiva, donde siempre se intenta sumar, dejando atrás la idea de crear escasez y haciendo lo contrario. Aprovechando la escala mundial donde todo tiene lugar con menos recursos. El consumidor consigue más opciones mientras que la empresa ahorra mucho en “mano de obra”, puesto que puede tener bajo control una gran empresa con menos empleados. Volviendo al caso de Airbnb pasa lo mismo, esta se podría considerar el hotel con más habitaciones del mundo que sin embargo tiene menos trabajando para ella que un Hilton cualquiera. Asimismo, los mismos usuarios aportan su habitación aportando riqueza y variedad a la mezcla. Desde el punto de vista empresarial, de esta manera se puede abarcar mucho más territorio con mucha menos mano de obra, dejando atrás estructuras más jerarquizadas.

En definitiva, todo lo que envuelve este concepto parece triunfar, sin embargo, ciudades por todo el mundo parecen haber lanzado una ofensiva hacia este tipo de empresas, especialmente las grandes como Uber y Airbnb; por ejemplo, en la misma Barcelona ambas están prohibidas y su uso es sancionable. El conflicto parece surgir con las grandes empresas que ya se están establecidas, donde su uso excesivo ha empezado a causar ciertos problemas, lo que ha obligado a muchos ayuntamientos a pararle los pies. La cuestión entonces es cómo afectan este tipo de economías al mercado establecido y por qué lo hacen.

A medida que las empresas en cuestión ganan más popularidad, los cuerpos gubernamentales ponen más obstáculos . Y cuanto más grande es la ciudad, y consecuentemente la comunidad que colabora, más obvio es el problema. Debido a su tamaño y popularidad, el centro de atención ha sido puesto sobre Airbnb y Uber, no obstante, el problema no se ciñe a estos dos únicamente y podría ocurrir con otras empresas.

En mucho de estos casos nada de lo que ocurre se basa en compartir ni colaborar en realidad, muchos critican la etimología del término y lo tachan de negocio puro y duro. Cuando un negocio como Airbnb se puede saltar los impuestos tanto de servicios hoteleros como de inmueble, gana una ventaja competitiva respecto a hoteles, pero más importante respecto a la gente de la ciudad en sí.  Como tener un piso así en alquiler es extremadamente fructífero, inquilinos pueden tener múltiples propiedades funcionando de esta manera y ganar mucho dinero, esto hace que haya menos disponibilidad para poder vivir en un lugar (porque está siendo alquilado), y los precios suben debido a la escasez. Airbnb ha intentado solucionar esto mediante la prohibición de usuarios que ofrecen múltiples hogares, pero no ha sido suficiente.

  1. Gráfica sacada de The Economist (2013), The rise of sharing economies

Además, a diferencia de en los hoteles, este tipo de pisos de alquiler a corto plazo no está regulado en cuanto a seguridad ni sanidad, suponiendo un peligro al consumidor puesto que cosas tales como detectores de humo defectuosos que no se ve a simple vista pueden ser (y han sido) mortales. Este sistema se regula solo, es decir, hasta que un usuario que haya experimentado con un problema no denuncia, las reseñas permanecen intactas, y el problema permanece latente, lo que puede llevar a consecuencias graves. Además, en caso de accidente Airbnb no se hace responsable puesto que solo actúa de mediador. La empresa de ‘taxis’ Uber también ha sido sujeto de problemas parecidos, y ha llamado a regulaciones y prohibiciones parecidas de parte de ayuntamientos.

En resumen, las nuevas tecnologías avanzan a un paso exponencial, lo que supone disrupciones en el mercado y a las que la sociedad le ha costado adaptarse. El enigma que envuelve el futuro de las economías colaborativas está por ver, pero promete. Estas presentan alternativas más competitivas y sobretodo convenientes que dañan a lo establecido. Aun así, sería precipitado hablar de una revolución, puesto que la solución más sana sería la de renacimiento. En una revolución, igual que la francesa, se cortan cabezas y se impone un nuevo orden. En el caso que estamos tratando, este hecho supondría el remplazo de las empresas tradicionales por las economías colaborativas aún y así está por ver si aplicaciones web y comunidades de usuarios podrán derrocar a los gigantes de cada sector. Como bien se puede observar el “sorpasso” no es lo que ha ocurrido, más bien ha sido un renacimiento, lo establecido se adapta en la medida de lo posible a lo nuevo, igual que el comercio tradicional se adaptó al e-comercio. Por último, no se debe perder de vista que los tiempos están cambiando, y con ello las empresas, las economías colaborativas podrían ser por lo tanto un paso adelante que ha provocado una revitalización a lo establecido.

Referencias

PwC (2014), Consumer intelligence series

PwC (2016), Assessing the size and presence of collaborative economy in Europe

The Economist (2013), the rise of sharing economies

The Economist (2016), New York deflates Airbnb

[1] Sweatshops: Taller de explotación laboral

[2] Estudio: PwC (2016), Assessing the size and presence of collaborative economy in Europe

Sean Barrett Gómez, estudiant de 1r curs d’International Business Economics i col·laborador de Pompeunomics

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