Charlas sobre el cambio climático, con Humberto Llavador

 

El derecho al medio ambiente –regulado desde después de la Segunda Guerra Mundial y entendido como un derecho colectivo- sigue siendo un tema de estricta actualidad más de medio siglo más tarde. Si bien pueda considerarse como un debate cansino, la lucha contra el cambio climático ha ido cobrando importancia del mismo modo en que sus repercusiones han sido más evidentes. Hoy ya a nadie se le escapa el fracaso del Protocolo de Kioto (2005), una gran promesa de hasta treinta países industrializados –pero que no contaba con Estados Unidos-, un acuerdo excesivamente ambicioso e incumplido reiteradamente por todas las partes. Lejos de considerarla una lucha perdida, algunos expertos (aquí) ven ahora, tras el cambio de discurso evidente de la Casa Blanca (aquí) y las objetivos a cumplir signados entre ésta y China, que hay una oportunidad para un cambio de tendencia. Conjuntamente estos dos países son responsables del 45% de emisiones de CO2 mundial.

He tenido la suerte, como miembro del blog universitario ElXarrup (aquí), de debatir sobre el tema con Humberto Llavador, profesor en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UPF. Como co-autor del reciente libro Sustainability for a Warming Planet (Harvard University Press 2015), propone un conjunto de conclusiones y recomendaciones que se derivan de su análisis.  En primer lugar, “no se puede hablar de calentamiento global sin preocuparse por la desigualdad: tanto de la desigualdad intergeneracional –repartición del esfuerzo entre generaciones presentes y futuras- como de la desigualdad intrageneracional –repartición del esfuerzo entre las distintas regiones del mundo” sin dejar de lado que “el concepto básico es el de sostenibilidad. Hay que diseñar un modelo que sea perdurable en el tiempo e igualitario, que no sea especialmente doloroso para una parte del mundo ni una generación en particular, ya que esto llevaría más que probablemente a romper con el plan” sigue el profesor. Seguramente algunos de estos temas, aunque en términos diferentes a los que muchos expertos en medio ambiente se expresan, serán objeto de estudio en la futura Conferencia Mundial del Clima de París, en diciembre de este mismo año, considerada como un Kioto II por algunos, dados los avances logrados  y las expectativas creadas recientemente en especial por las dos potencias económicas.

Llavador dirige sus críticas hacia la que considera ser la teoría mayoritaria en el mundo económico occidental, es decir el utilitarismo descontado. Dicho en otras palabras, el coste-beneficio. “Según esta teoría, hay que buscar el máximo beneficio neto total, sin tener en cuenta cómo se distribuye ese beneficio. Cierta desigualdad puede ser aceptable, pero no podemos permanecer inactivos ante ella, hay que reducirla. El utilitarismo descontado es, desde un punto de vista ético, muy discutible, ya que es insensible a la desigualdad. Por otra parte, el dircurso dominante es excesivamente simplista, ya que entiende la utilidad únicamente como consumo-renta, sin considerar otras variables muy a tener en cuenta hoy en día como el ocio, la educación o el medio ambiente. Hay que entender que a menor contaminación, no solo las máquinas funcionan mejor y las personas son más productivas, sino que también disfrutamos de un mayor bienestar por ver el cielo azul o pasear por un bosque de árboles centenarios”, añade Humberto.

Hasta este punto la esfera política-social predominante en el mundo occidental, mayoritariamente socialdemócrata, podría llegar a estar de acuerdo. Pero siguiendo el estudio del profesor y sus compañeros, no habrá avances significativos sólo con un discurso favorable a esta causa y un conjunto de acuerdos entre Estados para compromisos imposibles de cumplir, como ha ocurrido hasta el día de hoy. Y es que ellos entienden que “sin reducir nuestras expectativas de futuro, en términos de crecimiento en especial” no habrá una política eficaz contra este fenómeno. Esto implica que “no podemos pretender mantener tasas de crecimiento del 3% anual del PIB de manera persistente en los países desarrollados, luchar contra la desigualdad y a la vez reducir  las emisiones de CO2 del modo que sería necesario”. Ahí es donde la clase política y los expertos en climatología no trabajan en la misma dirección. Si bien hay un conjunto de incertidumbres que ni los técnicos son capaces de resolver, la tendencia que llevamos de las últimas décadas y todos los estudios realizados indican que si seguimos en la misma línea–que no es la inexistencia de políticas medioambientales, pero sí la insuficiencia e inefectividad de éstas- la temperatura global podría subir durante este siglo entre 3 y 7º centígrados, entre otras muchas consecuencias.

En realidad nos encontramos de nuevo ante una problemática mundial de difícil solución. Poner de acuerdo, respetando las diferencias, a Estados con prioridades distintas no será tarea fácil, si bien en este caso, debido al alto nivel de preocupación global ante dicha causa, pueda resultar menos complicado que con otros temas (la armonización de los sistemas fiscales o educativos a nivel mundial, por nombrar un par de ejemplos).  Bajo mi punto de vista, el mayor obstáculo será la incapacidad de los líderes políticos –a sabiendas de que los ciudadanos no les apoyarían, por lo menos en la actualidad- de presentarse ante la ciudadanía defendiendo teorías decrecentistas –o  de crecimiento bajo- con las repercusiones que conllevan para los puestos de trabajo y las oportunidades que, supuestamente, se dejarían de dar. Ante ello, el profesor Humberto habla de que “no se trata de disminuir el consumo, sino de cambiarlo. Y que si se acepta un planteamiento como el que proponemos, estamos ante un problema político –no técnico ni económico-, en el que hay que demostrar a la sociedad que la mejor salida es un presente y un futuro sostenible”. No sea que el cortoplacismo humano acabe derivando en autodestrucción.

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