Apocalypse Now?

New Hampshire, verano de 1944. Las futuras naciones vencedoras de la Segunda Guerra Mundial se reúnen en el complejo hotelero de Bretton Woods para diseñar el orden económico mundial de la posguerra. San Francisco, 24 de octubre de 1945. 51 países de todo el globo se dan cita para ratificar la constitución de Naciones Unidas como órgano político supranacional por excelencia. 4 de abril de 1949. Ante la amenaza del bloque soviético, los países de la costa atlántica europea y americana firman una alianza militar que da origen a la actual OTAN. Roma, primavera de 1957. Las naciones europeas occidentales sellan la constitución de la Comunidad Económica Europea, reformada continuamente hasta alcanzar su forma actual con el Tratado de Maastricht de 1992. 1 de enero de 1995. Ginebra asiste al nacimiento de la Organización Mundial del Comercio como ente garante del libre comercio internacional. Año 2001. La República Popular China, bajo el gobierno de Jiang Zemin se incorpora finalmente a la OMC. En apenas 50 años, el mundo ha tejido una red de organismos e instituciones globales que encauzan los destinos de la política, la economía y el comercio internacionales; la globalización del capital, premonitoriamente anticipada por Karl Marx en su influyente manifiesto de 1848, se ha consumado.

Este proceso de homogeneización social y cultural del planeta ha avanzado en paralelo a una salvaje lucha por ocupar un lugar privilegiado en el mismo y, naturalmente, por dirigir sus riendas. No en vano, la Guerra Fría fue una batalla ideológica librada en los despachos de Washington y Moscú con el fin de determinar hacia dónde debía avanzar este proceso: la consolidación del tándem mercado- Estado liberal o su sustitución por el internacionalismo socialista. Con el colapso de la URSS y su desintegración en 1991, múltiples voces -entre ellas la del politólogo Francis Fukuyama- apuntaron hacia un anunciado “fin de la historia” [1] entendido como la victoria absoluta del primer modelo sobre el segundo. En su desde entonces rol de indiscutida primera superpotencia mundial, los EEUU se han visto abocados a actuar como árbitros internacionales y han expandido su poder de influencia por todo el planeta. Durante el mandato de Bill Clinton, la Casa Blanca trabajó para asentar un cómodo espacio comercial en Norteamérica (NAFCA), mientras que su desafortunado sucesor George Bush desplegó las tropas necesarias para garantizar el control efectivo de Oriente Medio (Irak, Afganistán). La Administración Obama dio continuidad a ambos proyectos, por un lado, con el impulso a las negociaciones de tratados comerciales transoceánicos (TTP y TTIP) y, por otro, con las intervenciones militares en Libia y Siria, sumadas al refuerzo de las bases en el Sureste asiático.

El proceso globalizador ha sido siempre visto con muy buenos ojos desde la Casa Blanca, si bien ha transitado por muy distintas argumentaciones. En la inmediata posguerra, políticos como Harry S. Truman o Eisenhower la concebían como la oportunidad definitiva para extender el régimen de la libertad [2] frente al opresivo bloque soviético. La llegada de Kennedy y la posterior hegemonía republicana -Reagan, Bush- enfocó la argumentativa hacia una faceta más económica -en especial tras la apertura de China y la propia URSS-, que con los dos últimos mandatarios demócratas -Clinton y Obama- viró hacia una dimensión más cultural. En cualquier caso, el ya despectivamente llamado establishment washingtoniano ha tratado siempre de perseverar en las líneas globalizadoras de la política exterior en sus tres dimensiones; militar, económica y cultural. Así lo ha defendido abiertamente la candidata natural del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales de este 2016, Hillary Clinton [3], de imagen abierta, dialogante y continuista. Cabría pensar, por tanto, que dada la posición de vencedores de la globalización que la opinión pública siempre les atribuye, los estadounidenses optarían por otorgar su confianza a la candidata que de forma más pura representa los intereses estatalizados de la nación en estos comicios.

A ojos de los resultados definitivos, la previa reflexión se antoja clamorosamente errónea. La candidata demócrata ha tenido que enfrentarse en estos comicios a un esperpéntico show-man multimillonario, sin experiencia política y brutalmente criticado por sus manifiestas actitudes xenófobas y machistas. Y lo más extravagante de todo; ha sido derrotada por él. Ríos de tinta han corrido y correrán tratando de explicar qué ha sucedido con los ciudadanos americanos, cuestionando su lucidez intelectual y política y profetizando el advenimiento de una suerte de Apocalipsis internacional. No obstante, parece mucho más realista y sensato plantearse una muy sencilla pregunta: ¿de qué trata el discurso estrictamente político, si es que existe? Un análisis exhaustivo de sus demagógicos mítines, sus odiosos discursos y sus horripilantes publicaciones concluiría, muy probablemente, que las palabras más frecuentemente empleadas por el magnate de ascendencia irlandesa son jobs, China, ISIS, Mexico y drugs [4]. Una observación atenta y ajena a la demonización de las formas permite identificar cuál es la gran fobia que se esconde bajo la imparable ráfaga de improperios de Trump: la globalización.

Un patrón común a todas las intervenciones del magnate es su énfasis en la espiral de destrucción de empleo vivida por el país desde 2008 y su justificación de la misma. De acuerdo con el ya electo Presidente republicano, la deslocalización industrial y la subsiguiente reducción de costes productivos sume a la nación en una situación de competencia desigual frente al gran enemigo a batir; China. Cabe destacar, de hecho, la profunda indiferencia mostrada por Trump hacia los debates ideológicos subyacentes a la relación Rusia-EEUU. A esta reducción de los costes de producción acrecentada por el auge de los Nuevos Países Industrializados se suma otro funesto elemento, el excedente de mano de obra. En efecto, las hordas de inmigrantes -ilegales y documentados- procedentes de México fuerzan a una repartición todavía más difícil de los escasos puestos de trabajo. Y su impacto sobre la situación estadounidense no es únicamente económico, sino que también repercute directamente en el campo de lo cultural, donde se enlaza con otro de los fantasmas de Trump: el ISIS [5].

Si las Administraciones precedentes toleraban (Bush) o fomentaban el multiculturalismo (Obama), el republicano siente un profundo desprecio hacia éste, responsabilizándolo de las olas de crímenes y asesinatos que sacuden un país todavía traumatizado por el espectro del 11-S, hace ya 15 años. La solución a semejante problemática se antoja sencilla, más inversión en Defensa, más control de las fronteras -el célebre muro, que aspira a prevenir otro daño colateral de la inmigración, las drugs- y, paradójicamente, menos intervenciones en suelo extranjero. Igualmente, Trump manifiesta su rechazo a la firma definitiva de los tratados de libre comercio de la Administración Obama [6], su desinterés por la contribución de los EEUU a la OTAN, un desprecio más que evidente por Naciones Unidas y, en general, un fuerte escepticismo ante cualquier órgano o institución que ponga en entredicho la soberanía nacional. Si algo es Trump, al margen de su repulsiva personalidad, es un anti-globalización nato, y en este sentido es radicalmente distinto a cualquier otro Presidente que los EEUU hayan podido tener hasta el momento.

Trump remite al aislacionismo americano característico de comienzos del S XX, renuncia a actuar como árbitro mundial, invita a las naciones en conflicto a armarse para resolver sus propios problemas y se niega a ofrecer a todo el globo un sueño americano que ni siquiera los propios estadounidenses ven cumplido. America Great Again no se refiere a imponer la supremacía del país por los más rancios métodos del militarismo tradicional, sino a un intento de reforma interna para corregir los resultados de un proceso de globalización cuyos beneficios parecen, cuanto menos, difusos. El electorado republicano de estas elecciones no ha enloquecido, ni siente un necesariamente odio manifiesto hacia otras razas -si bien es evidente de que, en ciertos casos, lo hace-. Sencillamente, prioriza sus propias problemáticas a las del resto del mundo y ve a Trump como un líder conservador que, como él, siente como las dinámicas de internacionalización escapan al control de una American people sumida en el descontento y la decepción tras una década de políticas conciliadoras y de apertura.

Tan sólo cabe esperar y desear, por tanto, que esta batida en retirada del gigante americano se guíe por el sentido común y no atropelle en su camino los derechos de todos aquellos colectivos cuya consecución ha costado innumerables esfuerzos.

Referencias:

[1] ELORZA, Antonio, El fin de la historia, noviembre 2006, recuperado el 10/11/2016, disponible en http://elpais.com/diario/2006/11/04/babelia/1162600752_850215.html

[2] OFFICE OF THE HISTORIAN, The Eisenhower Doctrine, recuperado el 9/11/2016, disponible en https://history.state.gov/milestones/1953-1960/eisenhower-doctrine

[3] JAMRISKO, Michelle, Clinton Grapples With Globalization Vision as Trump Closes In, septiembre 3 2016, recuperado el 10/11/2016, disponible en http://www.bloomberg.com/politics/articles/2016-09-23/clinton-grapples-with-globalization-vision-as-trump-closes-in

[4] TRUMP, Donald J., Economy, septiembre 2016, recuperado el 9/11/2016, disponible en https://www.donaldjtrump.com/policies/economy

[5] SMITH, Reiss, What Is Donald Trump’s policy on ISIS?, noviembre 2016, recuperado el 10/11/2016, disponible en http://www.express.co.uk/news/world/715429/Donald-Trump-policy-ISIS-plan-Islamic-State-terrorism-Daesh

[6] MOORE, James, What President Trump’s victory means for the most important trade deal in the world, noviembre 2016, recuperado el 9/11/2016, disponible en http://www.independent.co.uk/news/world/americas/us-elections/donald-trumppresident-wins-live-results-us-election-ttip-trade-deal-hillary-clinton-loses-a7394611.html

 Redactor: Sergi Barberan, estudiante de 2º del Grado en Filosofía, Política, Economía en la UPF-UAM-UC3

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