¿Algún día podremos decir Europa?

El 9 de mayo de 1950, Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores francés, convocó una rueda de prensa en el Salón del Reloj del Quai d’Orsay, a las seis en punto de la tarde. A su derecha estaba Jean Monnet, un alto funcionario del Gobierno francés. Y habló. Y cambió la historia.

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El funcionario que estaba a su derecha, Jean Monnet, tenía una idea, y creía en ella. Eran momentos difíciles para los idealistas, los muertos de la Segunda Guerra Mundial se contaban por millones, muchos perdieron la fe en la humanidad. Pero Jean Monnet era un idealista, y no se quedó de brazos cruzados.

La idea del bueno de Jean, a la que se adhirió Schuman (y después otros como Adenuer y De Gasperi), era la de poner en común los intereses de Alemania y Francia, sobre todo en dos materiales: carbón y acero. Estas dos materias primas eran el eje fundamental de la producción armamentística, y básicos para la guerra. La unión de intereses económicos serviría para apaciguar unos ánimos cansados y decepcionados.

El plan funcionó. Quizás no tenemos los Estados Unidos de Europa, pero no ha habido guerras desde entonces. Quizás Europa no es lo que había pensado Monnet, pero estamos más unidos que en 1950.

El ser humano es así, solo hay una cosa con la que no se juega: el dinero. Sobre esto se construyó la Unión Europea. Tampoco es del todo así, pero el seguro de la paz en Europa fue el de poner en común los intereses económicos.

Y, hoy, ahora, en el 2013, después de que no se haya acabado el mundo, ¿existe Europa? El año pasado tuve la oportunidad de hablar con una funcionaria del Ministerio de Cultura de Croacia, que curiosamente hablaba un perfecto castellano. Ese día llovía, y debajo de un tejado apuraba su cigarro una mujer de unos cincuenta años, la típica de película de espías de la URSS, y me preguntó, ¿existe Europa? No supe responder, en ese momento nunca me lo había planteado. Y me hizo reflexionar. ¿Qué tengo yo en común con esta croata, que no sé ni cómo es su país, ni como son sus gentes, si son morenos o rubios, si son altos o bajos, qué tengo yo que ver con esos países? Puede que una historia. O unos elementos culturales, altamente indeterminados, que efectivamente tenemos en común, pero igual que los tengo con Marruecos o México.

Europa es una vieja señora, con delirios de grandeza, que mira al mundo con cierto aire de superioridad. Somos Europa, la tierra de Roma, de la filosofía, del progreso. Nosotros hicimos la Revolución francesa, nosotros escribimos los derechos del hombre, inventamos la democracia, y la perfeccionamos. Conquistamos el mundo, y lo liberamos de las dictaduras. Pero no sabemos si existimos.

Si nos fijamos en lo que nos separa, la lista tendería al infinito. Comparemos un lapón con un sevillano, un portugués con un polaco, un francés con un italiano. Desde luego hay muchas diferencias.

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Creo que Europa es simplemente una idea. No es una unión que deba derivar de razones históricas ni culturales, es una apuesta. No es poner en común nuestros intereses, es aspirar a un mundo sin fronteras, donde los hombres tengan intención de vivir en paz. Con esto no quiero decir que la Unión Europea sea una especie de comuna hippie del siglo XXI donde los hombres vivan como hermanos en perfecta armonía. Obviamente Europa no es perfecta, y tiene problemas graves que afrontar, ya sean económicos, sociales, políticos, etc.

Pero es una intención, un buen propósito de año nuevo que ya lleva más de 60 años vigente. No es la solución definitiva pero puede ser el primer paso. Los fines que persigue esta Unión son aceptados por el común de los mortales.

El pasado 12 de octubre se concedió a la Unión Europea el Premio Nobel de la Paz. Mucha gente criticó el galardón. Yo creo que fue acertado. El premio se otorga a los que hayan trabajado más o mejor en favor de la fraternidad de las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz. Creo que eso es Europa, unos hombres que trabajan por la fraternidad de las naciones. Quizás el premio ha llegado tarde, porque ya desde el principio han trabajado con este propósito.

El premio a un ideal, un ideal con consecuencias prácticas. Un ideal en el que yo creo, para que algún día podamos decir Europa.

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