A Goldman le crecen los “muppets”

Today is my last day at Goldman Sachs“. Así empezaba el artículo de opinión más sorprendente, inesperado y que más ha sacudido las entrañas de Wall Street desde el comienzo de la crisis.

Su autor, un ejecutivo de nivel medio en el auténtico icono antes admirado, ahora denostado, de la banca de la inversión. Un empleado discreto hasta el pasado miércoles 14 de marzo, cuando publicó en la mayor caja de resonancia posible, el New York Times, que decidía voluntariamente abandonar Goldman Sachs porque el ambiente de trabajo allí era “tóxico” y “destructivo”. Ahora es ya un ex empleado y un ex desconocido, porque la carta de Greg Smith ha levantado una marea de reacciones a favor y en contra, tanto en la prensa convencional como en las redes sociales.Greg Smith, “after almost 12 years at the firm”, denuncia que los directivos de Goldman Sachs ahora anteponen los intereses de la compañía a los de sus clientes.

En su carta pública de despedida, Smith, que en esos momentos trabajaba en el departamento de derivados para Europa en Londres, cita como culpable del cambio de cultura en Goldman al actual consejero delegado, Lloyd Blankfein. Explica que Blankfein es el responsable de “la destrucción de la cultura del trabajo en equipo, la integridad y el espíritu de humildad” que había en la firma cuando él empezó a trabajar.

Uno de los párrafos que más sacudieron los cimientos de la capital financiera y estremecieron a los lectores matutinos del “NYT” es en el que Greg Smith confiesa: “It makes me ill how callously people talk about ripping their clients off.” Over the last 12 months I have seen five different managing directors refer to their own clients as “muppets”,  sometimes over the internal emails.

Inmediatamente, al leerlo, numerosos clientes inversores de Goldman se sintieron engañados y se mostraron indignados por ser tratados como “muppets”. Porque “muppets”, marionetas, son los simpáticos e inocentes personajes de “Barrio Sésamo”. Pero también tiene otro significado en la esfera de los negocios: “idiota”.

En su artículo acusatorio, el ex empleado de Goldman aseguraba que sus ya ex colegas actuaban bajo la máxima de “esquilmar a los clientes”, en beneficio de la compañía y de sus peculiares “bonus”. Esto no es una novedad. Al año de comenzar esta Gran Depresión del siglo XXI, un periodista, Matt Noibi, describió a Goldman Sachs como un “vampiro” que, con tentáculos de calamar, “se enrosca en la humanidad para chupar de su sangre cualquier cosa que huela a dinero”.

Tampoco es algo nuevo para las comisiones de investigación que, en el Congreso norteamericano, examinaron las causas de la crisis financiera y lo pusieron en evidencia. Ni para las autoridades financieras de Estados Unidos, que en 2010 formularon una querella contra Goldman Sachs precisamente por vender “productos de inversión de dudosa calidad y contra los que apostaba el propio banco”.

Lo que es verdaderamente nuevo y sorprendente es que ahora la acusación viene de dentro. Goldman Sachs tiene unos 33.000 empleados. Ellos mueven esos tentáculos de la firma con mayor poder económico, financiero y político del mundo. Ex directivos y asesores de Goldman están hoy dirigiendo los destinos de los gobiernos de Italia, de Grecia y del Banco Central Europeo. Otros han estado en el gobierno de Estados Unidos o en la Reserva Federal.

Ahora se abre una brecha interna en Goldman. Y las hemorragias internas son siempre más difíciles de curar que las contusiones y heridas que vienen del exterior.

La firma arrastra una estela de escándalos y multas desde que en 2007 la Securities and Exchange Comission (SEC) de Estados Unidos comenzó a indagar en sus cuentas y en su correo electrónico.

Fabrice Tourre, entonces vicepresidente de Goldman, señalaba en sus correos que “todo el sistema estaba a punto de derrumbarse en cualquier momento”. A pesar de ello, seguían vendiendo frenéticamente productos a sus clientes,  perdón,  a sus “muppets”.

Tres años después, la SEC abrió una investigación por fraude contra el banco de inversión por la comercialización de paquetes de inversiones inmobiliarias, las conocidas como hipotecas basura o “subprime”. La SEC multó a la entidad con 550 millones de dólares por engañar de nuevo a sus “muppets”, la multa más alta en toda la historia del organismo de control. La firma ha sido acusada incluso de haber ayudado a Grecia a ocultar sus enormes deudas.

Goldman tiene, pues, un serio problema de imagen y de reputación. Su CEO, Lloyd Blenkfein, tiene ante sí una “tormenta perfecta” desde el punto de vista reputacional y de pérdida de confianza. La credibilidad de la carta no tiene su origen en ser de un empleado que decida dejarlo todo. Eso puede ocurrir en cualquier compañía. Y a menudo el despecho o el rencor alimentan críticas injustificadas a la ex empresa. La credibilidad y la fuerza del testamento público de Greg Smith reside en los antecedentes de Goldman, en su historial. La tinta del calamar deja rastro.

Y la credibilidad de la carta está produciendo un efecto “ventilador” que tendrá una incidencia alta en otros grupos de interés, en otros “stakeholders”, como inversores, reguladores, supervisores del mercado, escuelas de negocios… Todos ellos se sienten hoy también “muppets”. En estos momentos, pensarán, “todos somos muppets”.

¿Y esto puede acabar con Goldman? No. Claro que no. Tampoco seamos ingenuos. Pero el daño reputacional es hoy más grave y lesivo que una sanción económica. Y ello puede obligarles a acabar con algunas prácticas que tanto y tan injustamente han perjudicado a la economía, a la percepción de las entidades financieras y a la imagen del capitalismo.

0 thoughts on “A Goldman le crecen los “muppets”

  1. Muy bueno, realmente otro punto de vista que a los “muppets” nos es muy útil saber. ahora me viene en mente el anuncio de “Catalunya Caixa” que dicen que te mandan a un asesor financiero a tu casa para gestionar mejor nuestros ahorros…

  2. Bien, de hecho estos casos se han dado de forma recurrente en la historia de Goldman Sachs, podemos recordar el desastroso proyecto de la “Goldman Sachs Trading Corporation” cuyos clientes e inversores sufrieron los efectos resultantes de pésimas inversiones previas al crack del 29.

    O más recientemente el caso de Penn Central, durante la década de los 60 dónde Goldman Sachs estuvo vendiendo bonos corporativos de esta compañía ferroviaria a sus clientes, mientras GS tomaba posiciones en corto ya que sabían que la empresa estaba casi en quiebra. Cuando Penn Central finalmente entró en bancarrota, a Goldman Sachs le llegó un aluvión de demandas y sus consiguientes multas. Un caso muy parecido a los CDO’s del 2007, sólo que 50 años antes.

    Como bien describe la autora, ésta historia no tiene nada de nuevo, simplemente que es la primera vez que un empleado habla desde dentro reconociendo este hecho.

    Muy buen post!

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